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Diarios de viaje Irán

¡Con velos y a lo loco! 3 – Ruta por Irán paso a paso

26 junio 2017

Tras un desayuno con el pan bayeta como protagonista, perdemos más de media hora para pagar en recepción. El señor estaba, sin duda, intentando batir el record de lentitud mundial en el cobro de una factura y se le llenó la recepción de guiris indignados porque tenían que pagar antes de salir para Persépolis y a ese paso iban a llegar para el anochecer.

Subimos al coche que nos proporcionaron en el hotel y a los 20 minutos, cuando ya estábamos fuera de Shiraz, le suena el móvil al conductor. La bruja de recepción pide que le pasen con nosotros y le dice a Iker que faltan tres euros. O sea, que además de hacernos perder media hora para pagar, hacen las cuentas mal y, encima, pretenden que demos la vuelta para pagarles esos tres euros que se han sacado de la manga. Iker le dice que es su problema y la tía, se enfurruña y le cuelga dejándole con la palabra en la boca. Era más mala que un dolor y durante todo el camino estuvo llamando constantemente al pobre conductor.

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La distancia entre Shiraz y Yazd es de 450km, en los que nos fuimos turnando el asiento de copiloto porque detrás hacía mucho calor. Como el trayecto era largo, había que desviarse un poco y el conductor no hablaba ni palabra de inglés, decidimos pasar de parar en Pasargad, donde se encuentra la tumba de Ciro el Grande y de Abarkooh, el árbol de 4500 años del que se habla en la Biblia. Esas son las cosas de las que te arrepientes un poco a la vuelta. Lo peor de todo es que el conductor, que era muy majete pero no hablaba ni papa de inglés, nos paró en Abarkooh, cosa que no supimos en ese momento, para ver una movida extraña con forma de chimenea (que después he descubierto en internet que era un depósito de hielo) y pasó por delante del famoso árbol sin parar. Somos unos loosers. Pero atravesar el polvoriento desierto dominado por imponentes montañas de rocas fue toda una experiencia en si misma.

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Cuando llegamos a Yazd activé el gps porque el conductor no sabía dónde estaba nuestro hotel. De repente, apareció un tipo en moto, que podría ser perfectamente el patriarca de los Gipsy Kings, al que conoceremos a partir de ahora como “el gitano”, que nos guió donde le salió de sus huevos morenos. Yo le indiqué al conductor que ese no era el camino al hotel y emprendimos la búsqueda pasando del gitano. Nos metimos en el centro histórico, cuyas estrechas calles no fueron diseñadas para que pasaran los coches y en una curva nos quedamos atrapados. El conductor, un virtuoso en toda regla, después de perder dos kilos maniobrando, no pudo impedir, sin embargo, llevarse un trozo de pared de adobe y rozar la puerta y el retrovisor del coche. Nos dio penita pero se empeñó en llevarnos hasta la misma puerta del hotel donde le invitamos a rellenar su jarra de té que nos sirvió… ¡el gitano! Pensamos que era el típico comisionista, que probablemente lo era, pero el caso es que lo vimos adosado al hotel perennemente, así que no entendimos nada, porque él nos quiso llevar a otro. Nos despedimos del conductor, que se volvía a cruzar el desierto de vuelta a Shiraz, ante las insistentes llamadas de la bruja de la recepcionista del Niayesh, que seguro le esperaba tensando la fusta.

El gitano nos enseña un zulo infernal compartido en el subsuelo y le digo que ni de coña y de repente nos ofrece dos habitaciones estupendas en el patio. No entendemos nada. ¿Por qué nos ofrecen primero lo peor? Este gitano es muy raro. Después del zumo y la sandía salimos a descubrir la ciudad.

Yazd es una ciudad oasis situada en el centro de Irán, a unos 500 kms al sur de Teherán. Está entre dos desiertos, “Dasht-e Kavir y Dasht-e Lut”, lo que condicionó su construcción en adobe. Yazd es un laberinto de calles estrechas e irregulares donde es fácil sentirse en otros tiempos muy remotos. Es una ciudad muy bella y uniforme, cuya silueta está salpicada de sus famosas torres de aire, un ingenioso sistema de ventilación que refrigeraba las casas muchos siglos antes de que existiera la electricidad.

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Lo primero que vamos a visitar es la mezquita Jāmeh, reconocible por sus altísimos minaretes, los más altos de Irán, que se asoman por encima de todo el casco histórico de Yazd. De noche, iluminada de azul, a mí me parecían dos cohetes a punto del despegue.  La mezquita más importante y bella de Yazd se creó en el siglo XIII y fue reconstruida de nuevo en el XIV. Preciosos también los dibujos geométricos sobre los azulejos azul turquesa, mi color favorito.

A la salida buscamos un sitio para comer. A diferencia de Shiraz, en Yazd hay mucha más oferta y ¡hay hasta cafeterías con capuchinos! Entramos en un restaurante y probamos nuestros primeros (de muchos) kashke bademjan, un entrante de berenjena, menta, nueces y kashk, un tipo de yogurt agrio iraní. También probamos el fesenyán, un estofado de carne cuyo secreto está en el jarabe de granada. Delicioso.

Soraya se tomó un café en una cafetería con nombre italiano y se encomendó a Zaratustra para no irse por la patilla. Cogemos un taxi para ver las Torres del Silencio, que están en las afueras de la ciudad para descubrir cómo era el rito funerario zoroástrico. Hay dos torres circulares, una para las mujeres y los niños y otra, la más alta, para los hombres. Los zoroastrianos consideran que el cuerpo humano es impuro y podía contaminar los elementos, así que llevaban a los cadáveres a estas torres, donde se lanzaban a un pequeño foso para que fueran devorados por los buitres hasta que sólo quedaran los huesos limpios.

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Yo me conformo con la torre de las mujeres y me quedo abajo para fotografiar a estos deportistas asomados a la torre alta. Aprovechando mi soledad, suelto un cuesco zoroástrico y de repente, me percato que tengo una pareja de guiris detrás que se marchan despavoridos (ésto que no salga de aquí).

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Momento de la tragedia

Como estamos relativamente cerca, visitamos Ateshkadeh, templo sagrado Zoroastriano que albarga la llama eterna, que lleva encendida, ejem, ininterrumpidamente, ejem, 1500 años. Pues nosotros no vimos llama alguna, sólo unas maderas humeantes. También sería mala leche que se apagara justo esa tarde. Después de informarnos un poco más sobre el zoroastrismo y de tomarnos unos zumos muy caros, volvemos al centro de Yazd.

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Llegamos por detrás a la impresionante Amir Chakhmaq, el corazón de la ciudad donde la gente se reúne para tomar helados, zumos o pasteles, estos últimos, famosos en todo Irán, cerca de las fuentes de la plaza. Suscitamos la curiosidad del personal que se fotografía con nosotros.

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Queremos cenar en una azotea para disfrutar de las vistas de Yazd y unos españoles nos recomiendan la del Orient Hotel que es estupenda y, además, cenamos fenomenal. Somos muy felices, aún sin cerveza, aunque éstos, la echan mucho de menos en un momento así.

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Es hora de volver al hotel. Me doy una ducha y salgo al patio donde los guiris se sientan alrededor de la fuente y yo hago lo propio esperando que se me seque el pelo. Pero el gitano, asustado, me dice que me ponga el velo. Grr. Como paso de ponerme más el velo me meto en el sobre.

2 comentarios

  • Responder Iker 26 junio 2017 a las 7:08 pm

    Qué bien cenamos allí. Ains.

  • Responder Eva L. 26 junio 2017 a las 7:20 pm

    ¡Qué maravilla de sitio!

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