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Italia

Fin de año en Italia

10 enero 2016

Hemos despedido el año viejo y empezado el año nuevo haciendo lo que más nos gusta, viajando, y este año elegimos Italia, porque nos encanta. No era la primera vez (ni la segunda) que íbamos ninguna de las dos, así que nos centramos en algunas ciudades y pueblos que no conocíamos de las regiones de la Toscana La Spezia.

Este fue nuestro itinerario:

  • 31 Diciembre: volamos a Pisa y pasamos la nochevieja en Lucca.
  • 1 Enero: pasamos la mañana en Lucca y viajamos a La Spezia. Por la tarde vamos a Manarola (Cinque Terre).
  • 2 Enero: recorremos los cuatro pueblos restantes de Cinque Terre: Monterosso al Mare, Vernaza, Corniglia Riomaggiore.
  • 3 Enero: cogemos el tren a Siena y pasamos la noche allí.
  • 4 Enero: vamos a San Gimignano y pasamos la noche en Siena.
  • 5 Enero: pasamos la mañana en Florencia y por la tarde cogemos el tren a Bolonia, donde pasamos la noche.
  • 6 Enero: pasamos la mañana en Bolonia y por la tarde volamos a Madrid.

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Volamos el 31 de diciembre a Pisa donde llegamos sobre las doce de la mañana y fuimos andando desde el aeropuerto a la ciudad, que está sólo a 3,5 km de la Piazza del Duomo. No lo sabíamos, pero cuando empezamos a andar en busca del tren que nos condujera a de Pisa Centrale, nos dimos de bruces con la estación y nos vimos ya en plena ciudad. Yo ya había estado en Pisa hace unos 15 años, en un día de verano de cielo azul. Esta vez el cielo no era tan azul pero la Piazza dei Miracoli seguía tan bonita y masificada como la recordaba. Eso sí, los miles de chinos con sus miles de palos de selfies haciendo el mongolo máximo para posar sujetando o empujando la torre para mí fueron novedad. En Pisa tomamos nuestras primeras birras Moretti y empezamos a comer como si no hubiera un mañana. Paseamos al lado de los palacios que se asoman al río Arno y descubrimos la maravillosa y iglesia gótica en miniatura de Santa Maria della Spina. Después de ver la última pintura mural que hizo Keith Haring antes de morir en el lateral de un convento, volvimos a la estación para coger el tren a Lucca, que está sólo a 17 kilómetros de Pisa.

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La llegada a Lucca fue un poco caótica. Nadie tenía ni idea de dónde estaba nuestro bed&breakfast y nos mandaron en la dirección opuesta. Así que después de hacer y deshacer el camino y de subir a un bus que nos sacó de la ciudad, atravesando un polígono, nos encontramos en la parada de un megahospital, donde después de dar varias vueltas lo acabamos encontrando en una oscura calle embarrada. Pese a que el alojamiento no era lo que esperábamos, Lucca nos sorprendió para bien. Envuelta por una imponente muralla renacentista, la ciudad es un tesoro que se va descubriendo callejeando sin prisa por sus calles empedradas, que se libraron de milagro de los bombardeos de la II Guerra Mundial. Palacios, preciosas plazas e iglesias y muchos restaurantes donde no había hueco para cenar. Después de el enésimo capuchino del día, conseguimos refugiarnos del frío en un bar, donde tras más de una hora de espera disfrutamos de una cena informal de paninos con productos de la tierra.

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El año nuevo nos recibió con un sol espléndido y nos descubrió la hermosísima plaza redonda del anfiteatro, al lado de la que pasamos ochenta veces la noche anterior y ni nos enteramos. Nos despedimos de Lucca tomando una pizza al sol sobre la “mura” (la muralla), el lugar preferido de los lucanos para la paseggiata.

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Tras un transbordo de 20 minutos en Pisa, donde nos da tiempo a tomar un café, nos plantamos en poco más de una hora en La Spezia, donde nos alojamos durante dos días para visitar Cinque Terre, los cinco maravillosos pueblecitos de la riviera liguria a los que dedicaré mi siguiente post. Como los días son muy cortos y apenas nos quedaban dos horas de luz, le preguntamos al simpático propietario del hotelito donde nos alojamos qué pueblo ver esa tarde y nos recomendó ir a Manarola. A la vuelta cenamos en La Spezia, donde por ser 1 de enero nos costó encontrar un restaurante abierto.

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La lluvia nos acompañó durante todo el día en Cinque Terre, pero hasta con mal tiempo es un lugar precioso. La ventaja es que las hordas del día anterior desaparecieron. Por la noche dimos un paseo por La Spezia y cenamos en Pepe Nero, un lugar para recomendar y explotar. Después disfrutamos de buena música en un bar como los que había antes en Malasaña y de los que ya no queda casi ninguno.

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Al día siguiente viajamos a Siena, la rival histórica de Florencia, una ciudad gótica que nos sorprendió muchísimo. La Piazza del Campo, vigilada por la enorme Torre del Mangia de 102 metros de altura, nos dejaron sin aliento tanto por sus dimensiones como por su belleza. Pero Siena es mucho más que eso y dedicamos todo el día a disfrutarla y la noche a probar el vino y la gastronomía local.

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Al día siguiente hicimos una escapada en autobús a San Gimignano, tan bonito como nos habíamos imaginado (y eso que ha perdido 60 de sus torres medievales) y allí probamos el mejor helado del mundo, según dicen. Los nobles de la época demostraban su poder y riqueza construyendo una torre más alta que la de sus vecinos, así la competición por ver quién la tenía más grande hizo que la ciudad llegara a tener 74 torres. La noche la dedicamos a ponernos moradas de nuevo en Siena.

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Después de desayunar y de prepararnos unos bocatas deluxe en el Consorzio Agrario de Siena, emprendemos la bajada casi en picado a la estación de tren. Como teníamos que cambiar de tren en Florencia, aprovechamos el buen tiempo, para dedicarle la mañana a pasear por la ciudad de los Médici, en la que ya habíamos estado varias veces, pero a la que siempre es una gozada volver, sobre todo cuando no tienes la angustia de tener que verlo todo.

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Por la tarde cogimos el tren a Bolonia que también fue un descubrimiento. Desde Florencia se tarda apenas media hora en el tren Frecciarossa que cuesta 25 eurazos. Así que decidimos coger uno regional haciendo transbordo en Prato por solo 9€, dedicándole lo que nos ahorramos… ¿a qué? Sí, lo habéis acertado, a comer, porque somos unas gochas.  No conocíamos las dos torres torcidas (una de ellas enorme) que son el símbolo de Bolonia ni sabíamos nada de la réplica del Santo Sepulcro en la antiquísima basílica de Santo Stefano, que Soraya reconoció de inmediato. A mí me costó más reconocerlo sin las hordas de católicos ansiosos que hay en Jerusalén. Pasear por los elegante soportales de los palacios de las calles más céntricas fue una gozada ¡y además nos protegían de la lluvia!. Dudamos si pasar de cenar y tomar el aperitivo italiano, pero al final nos dimos el último homenaje culinario y nos frustramos al día siguiente en el aeropuerto con el retraso de tres horas que podíamos haber empleado en dedicarle más tiempo a una ciudad que lo merece.

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