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Diarios de viaje Sri Lanka

Diario de Sri Lanka – Capítulo 20 (Hikkaduwa – Negombo)

30 enero 2015

Nos levantamos y vamos caminando hacia el extremo derecho de la playa, donde hay un hotel caro y una playita más recogida donde las olas son más suaves. Dejamos las cosas colgadas de un árbol y vamos a disfrutar un rato del agua, junto a un par de parejas de rusos ricachos, que se alojan en el hotel. Tras el baño vamos a darnos un homenaje de desayuno buffet en el hotel caro, que es realmente caro así que acabamos desayunando en un chiringuito de la playa, donde volvemos a coincidir con la familia de suizos de las peonzas que nos encontramos en el jardín botánico de Kandy. Recogemos las cosas en el hotel y ponemos rumbo a Colombo. Tenemos la suerte de que el primero en parar es un autobús pequeño, mucho más cómodo y con aire acondicionado, aunque, eso sí tenemos que cargar con las mochilas encima todo el viaje porque no tienen maletero. Siempre tienes la opción de dejarlas en un asiento si pagas por él, pero nos da mucha vergüenza ver a gente de pie mientras las mochilas van cómodamente sentadas.

Es una buena tirada, pero el trayecto se hace muy pesado al entrar en Colombo, porque el tráfico es infernal y se pierde una hora o más desde que entras en la ciudad hasta que llegas a la estación de autobuses.

Llegando a Colombo

Colombo es una ciudad fea y caótica, como lo es la estación de autobuses donde nadie nos indica con claridad dónde tenemos que coger el bus a Negombo. Está lleno de tuktukeros y taxistas que nos quieren hacer el lío, dándonos informaciones contradictorias o contándonos que de allí no sale ningún bus a Negombo.

Hace un calor sofocante y vamos cargadas con las mochilas. Parece que lo único que está claro es que el bus se coge en la calle, en una curva donde no hay ninguna señal ni nada que indique que ahí hay una parada. No nos lo acabamos de creer pero son varios paisanos los que nos insisten en que sí, y el bus no tarda en aparecer. Son como dos y media de la tarde y ya hace hambre y sed, pero Negombo está muy cerquita, a sólo 34 kilómetros, así que ya comeremos al llegar… Ja, ja.

Camino de Negombo

Tardaremos más de dos horas y media en llegar, amenizadas, eso sí, por una adolescente vestida con uniforme que habla muy bien inglés, que nos hace muchas preguntas y que nos da su correo para que le escribamos. A mitad del viaje se baja. Suerte que tiene.

Hambrientas y desesperadas, ya casi a las cinco de la tarde, todavía no hemos llegado a nuestro destino. El bus nos ha dejado en Negombo pueblo y tenemos que llegar a la zona de los hoteles en la playa. Unas señoras están cogiendo un taxi y el cabrón del taxista las deja tiradas para recogernos a nosotras. Como nos parece un detalle muy feo tanto hacia a las señoras como hacia nosotras, a las que evidentemente nos iba a clavar, le decimos que no queremos ir con él. Viendo que somos díscolas y peseteras, se organiza un revuelo entre los tuktukeros, mucho más desagradables y aguilillas que en el resto de Sri Lanka. Sabiendo que estábamos muy cerca, esperamos hasta que uno acepte un precio justo (cosa que nunca nunca nunca te supondrá más de 5 minutos). Le pedimos que nos lleve a un hotel que viene en la guía, muy recomendado y que no nos gusta nada, el Silver Sand. Da miedo, hace que el orfanato de Belén Rueda parezca Marina D’Or (que también da bastante miedo, por cierto). Además, el personal es antipático y es caro, así que a escardar. No seremos nosotras quienes nos dejemos eclipsar por lo que diga una guía desactualizada. Estamos hartas de ver como muchos hoteles, desde el mismo momento que consiguen en aparecer en la Lonely, comienzan a relajarse depreciando a la clientela, subiendo el precio y rebajando el servicio y la calidad, esperando vivir de la fama eternamente. Este es un claro ejemplo de eso. No podemos creernos que el lugar del que habla la guía sea el mismo que acabamos de ver. Echamos a andar y encontramos un hotel familiar mucho mejor y por un precio mucho más razonable, el White House Guesthouse. El aeropuerto está tan cerca que se oyen los aviones despegar. Esa es la única razón por la que hemos decidido que Negombo era el mejor lugar para pasar la última noche.

Salimos a devorar algo pero los restaurantes están casi todos cerrados por ser temporada baja o porque es muy tarde para comer y muy pronto para cenar. Al final conseguimos encontrar uno, bastante caro y mediocre donde nos tomamos un sandwich para engañar al estómago.

Damos un paseíto por la playa de Negombo, que está bastante sucia y comparada con las otras que hemos visto, queda en el último lugar de la lista. Al fondo una hilera de hoteles, muchos con gran aspecto de abandono y decadencia. En la calle de los hoteles, los tenderos son mucho más cansinos que en el resto de Sri Lanka. Los tuktukeros pasan a nuestro lado ofreciendo llevarnos, uno tras otro, y les da igual que les digas que no, que te lo volverán a preguntar dos minutos después 20 veces. Y además te preguntan por qué no. ¡Ay, cuándo se nos llevará el señor!

Cogemos el primer bus que va hacia el pueblo y de pasada vemos los famosos canales holandeses, bueno, el canal, porque sólo vimos uno, que será todo holandés y antiguo que tú quieras, pero desde luego no tiene el más mínimo encanto. El bus nos deja de nuevo en la estación. Entramos en una pastelería para tomar algún dulce antes de la cena, porque, sí, ya sé que somos unas gordas, pero nos merecíamos cenar en condiciones ya que no habíamos comido. No es lo mejor que hemos probado en nuestra vida, pero nos sienta de maravilla. Soraya se empeña en ir a un sitio con unas luces que ha visto cuando hemos pasado con el autobús, y yo, resignada y aún hambrienta, le sigo los pasos, no sin protestar, porque me imagino una de sus sorayadas.

Ella no tiene ni idea de qué es ni de dónde está, pero hay que ir, sí o sí. Así que comienza la peregrinación. Afortunadamente Negombo es pequeño y enseguida encuentra lo que buscaba. Un montón de personas caminan hacia ese lugar. Se trata de una misa hindú con todos sus ruidos, olores y parafernalia. Soraya entra dentro del templo de donde sale flipando (cosa que también iba a suceder sí o sí). Yo estoy hambrienta y cansada (una combinación letal para el que le toque aguantarme), pero a la salida, jugándose claramente la vida, me dice que vayamos caminando a Negombo beach. Así que me paso todo el camino rezungando y cagándome en ella y en todo el santoral hindú. Ella, por no aguantarme más, me dice que cogemos el primer bus que pase, y claro, no pasa ninguno.

Tras el paseo a oscuras por la carretera, por fin llegamos a la civilización. Entramos en un restaurante donde sonaba la música de ABBA a tope, todos los greatest hits del tirón. Las dos holandesas de la mesa de al lado no paran de bailar en la silla. Yo también, pero no canto porque las letras no me las sé al dedillo como ellas. No recuerdo qué cenamos, pero sí que fue un momentazo.

Al volver al hotel el dueño nos “regaña” en buen tono por no haber cenado en su pizzería, así que decidimos desagraviarle pidiéndole que nos reservara un tuk tuk para mañana, del que se llevará su comisión, claro. Nos cuenta que su yerno vivió muchos años en italia y se trajo la receta de la masa.

El yerno del dueño del White House vivió muchos años en Italia y se trajo la receta.

Nos acostamos dejando la luz encendida otra vez, confiando en no ser la cena de los doscientos mosquitos que hay en la habitación. Es nuestra última noche en Sri Lanka.

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