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Diarios de viaje Sri Lanka

Diario de Sri Lanka – Capítulo 18 (Unawatuna – Hikkaduwa)

18 enero 2015

Desayunamos en uno de los chiringutos de la playa, un desayuno inglés con baked beans y todo, eso sí, de bote, que me saben de lujo. Allí conocemos a un motero australiano de cincuenta y muchos muy simpático. Nos cuenta que ha dejado a la familia en Australia para recorrer Sri Lanka con su moto, que suele “escaparse” de vez en cuando en busca de aventuras y que trabaja para TripAdvisor. Caminando hacia el hotel con él nos encontramos de repente con la pareja de australianos que conocimos esperando el tren a Ella. Así que después de hacer las presentaciones pertinentes nos despedimos del trío de australianos porque tenemos que coger un bus a Galle.

Unawatuna

En Galle sólo paramos en la estación para cambiar de autobús hacia Hikkaduwa. Llegamos enseguida sin saber muy bien dónde bajar, porque la playa nunca se ve desde la carretera por culpa de los hoteles que han construido. Algunos están cerrados y la mayoría parecen vacíos. Es temporada baja y la verdad es que da una sensación de tristeza ver todo tan solitario. Después de ver varios hoteles donde nos piden un precio ridículamente abusivo que rebajan a la mitad en menos de un minuto, elegimos el que mejor pinta tiene por 2000 rps. La posibilidad de que haya cucales es de un 70%, según el cálculo de Soraya, pero nos las hemos encontrado siempre en los sitios más limpios, así que hay que arriesgarse.

Tomamos algo en la terraza del restaurante del hotel frente al mar, mirando unas olas bestiales que han convertido a Hikkaduwa en el destino preferido para los surferos.

Hikkaduwa

Paseando por la playa Soraya me grita: “¡Mira, mira, tortugas!”. ¡Es verdad! Hay que fijarse un poco porque están más lejos que en Unawatuna, pero en lo más alto de las olas el agua transparente deja ver las siluetas de las tortugas.

Una señora holandesa muy mayor se nos acerca. Nos cuenta que es la décima vez que viaja a Sri Lanka. Nos advierte contra los “beach boys”, que son unos pequeños “dinios” aprovechados en busca de cachondeo y dinero. Nos cuenta que muchos chicos van buscando enamorar a las guiris pero que ese tipo de relaciones no tienen futuro: “¡Imagínate viviendo aquí en esta playa el resto de tu vida!”… Yo no me imagino, la verdad…

Soraya se come un rico curry de lentejas que ha conseguido reproducir bastante fielmente aquí en Madrid y yo unos “jaffels” poco apasionantes. Hay muy poca gente en la playa, que es inmensamente larga y espectacularmente bonita. Es mucho más salvaje que Unawatuna y está menos explotada. Hay muchos hoteles pero detrás de los cocoteros. Es difícil agotador recorrerla andando por la orilla porque el mar rompe con tanta fuerza que ha creado un enorme desnivel que te hace caminar torcida todo el tiempo.

Soraya se mete y el mar la revuelca varias veces. Yo que no tengo ganas de comer arena y beber agua salada me conformo con mirarla.

Se ha hecho de noche. Nos duchamos en el hotel y caminamos por la carretera hacia Hikkaduwa pueblo. Se echa a llover y nos refugiamos en un sitio de rottis donde al dueño no se le ocurre mejor momento para sustituir la luz de neón que en plena tormenta. El tío, encaramado en una silla, completamente empapado por el chaparrón, se afana colocando la barra de luz con los cables colgando. Le advertimos a su mujer de su inminente viudedad, pero ella se ríe y dice que no pasa nada. Nos está poniendo de los nervios. Recibe algún chispacillo pero el tío no se asusta. Cesa la lluvia y ahí se quedan el señor suicida, su viuda y unos guiris muy frikis que estaban comiendo crepes, a los que les daba igual todo.

No tengo un pelo pantenne pero soy feliz

Nos volvemos a cruzar con dos tipos gordones con los que ya nos hemos cruzado veinte veces. Son como las niñas del resplandor pero en gordón. Parece que nos persiguen. Volvemos a la playa en busca de algún garito pero no hay nada de ambiente. Acabamos cenando en un restaurante al otro lado de la carretera donde nos tomamos un curry tailandés espectacular. El sitio se llama Vibration y por fuera parece un puticlub de lujo. Por dentro es igualmente pretencioso y extraño, como lo es la inglesa que cena con su novio vestida con un sari. El pollo de mi curry me lo guardo en una servilleta y se lo doy al perro que deambula por el hotel que lo devora con gratitud.

Nos acostamos revisando 20 veces los colchones. Dejamos la luz encendida…

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