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Diarios de viaje Sri Lanka

Diario de Sri Lanka – Capítulo 17 (Unawatuna – Weligama – Mirissa – Unawatuna)

14 enero 2015

De madrugada el perro del hotel empieza a aullar, y aullará a las tres y las cuatro y las cinco y a las seis, cuando además de a nosotras, también despierta al bebé de la familia que regenta el hotel que se  pone a llorar como un descosido despertando, a toda la familia que corre de la ceca a la meca pisando con gran estruendo las tablas del suelo del balcón del piso superior. La tamborrada de Calanda es un dulce despertar comparado con esto.

Buscamos un sitio chulo para desayunar y nos dejamos seducir por el guirigay de un montón de periquitos de una jaula enorme que tienen en un hotel. ¡Me chiflan los pericos! Siempre he tenido y me puedo pasar horas mirándolos jugar. Así que entre tés, pericos y tartas caseras, desayunamos como unas reinas después de una noche de insomnio.



Vamos a la playa donde vamos a tener una de las sensaciones más alucinantes que hemos tenido en nuestra vida. Estamos saltando las olas cuando de repente veo algo que parece un coco flotando muy cerca de nosotras ¡es la cabecita de una tortuga! No nos lo podemos creer ¡hay dos tortugas enormes nadando muy cerca de nosotras! No nos podíamos imaginar que a plena luz del día dos tortugas se iban a dejar ver por una playa con tanta gente. ¡Qué monísimas y qué confiadas!

Después de disfrutar de un baño tan especial, salimos en busca de los pescadores que vimos el día anterior desde el autobus. Nos bajamos sin tener muy claro del todo dónde era y echamos a andar por el arcen de la carretera que discurre al lado de la costa. Nos encontramos tirado en la carretera un pobre mono muerto atropellando. Después de una pequeña caminata donde vamos buscando la sombra de los cocoteros, encontramos una pequeña playa rocosa ¡donde están los pescadores!

Hay unos pocos hombres encaramados a unos palos clavados en el agua desde donde, muy quietos, esperan con paciencia a que los peces piquen el anzuelo. Era la forma de pescar tradicional de Sri Lanka, algo ya en desuso, por lo que nos sentimos muy afortunadas de haberlo visto y además, de forma casual. Sabemos que hay gente que hace el paripé para los turistas de subirse a los palos para la foto en algunos lugares, sobre las doce del mediodía (hora absurda para un pescador de verdad) y que luego piden pasta. Esos lo único que pescan es un resfriado y la propina por la foto fraude.



Estos estaban en una pequeña playa muy rocosa, lejos de cualquier atracción turística, pero todavía estaba por ver si eran auténticos.Sobre las rocas hay cangrejos que corren que se las pelan. En la arena también los hay, pero muy pequeños, haciendo bolitas de arena y medusas gigantes muy venenosas. Un señor nos dice que no la toquemos. ¡Brrr, ni de coña! Nadie nos pide dinero. Qué suerte hemos tenido de encontrar a unos pescadores auténticos.

Después vamos hasta Weligama para cambiar de autobús pero decidimos darnos una vuelta por su playa. Unos pescadores nos enseñan en su barca su botín orgullosos. En esta playa no hay perros pero sí muchos minicangrejos y vacas.



Cogemos el autobús pero con rumbo a Mirissa, porque nos gustó mucho más que Unawatuna. En el autobús hay un señor un poco plasta que no para de hacerse notar y un montón de colegiales. Una niña nos mira con ojos de curiosidad descarada. Le damos una piruleta.


Comemos en el Central Beach, o sea, en el hotel donde dormimos el día anterior y los camareros nos vacilan al vernos allí de nuevo porque ya nos habían advertido de que Mirissa era mejor que Unawatuna. Tenían razón. El más guapetón nos pregunta a qué nos dedicamos y cuando Soraya le dice que es dibujante le pide un dibujo… bueno dos, el mejor se lo quedó él. Este pequeño dijo que no lo quería, el muy divazo.


Soraya se baña, pese a que las olas se las traen. Yo me voy a dar un paseo y veo al lado de la playa a un equipo de cricket entrenando. Al lado hay una especie de piletas con unas tortugas heridas. Se supone que es un centro de recuperación pero están muy mal cuidadas, en especial una tortuga enorme a la que le falta una aleta y que no tiene sitio ni para darse la vuelta. Me da una pena horrible y mucha angustia. Ha pasado un año y me acuerdo a veces de ella. Además, hay un cartel donde pone que les puedes dar de comer si pagas algo, pero parece que las pobres tortugas solo comen cuando algún guiri paga  por eso, si no nada.

Nos tomamos unas cervezas y unos cockteles infernales en la playa viendo la puesta de sol. Unos perritos juegan con nuestros pies bajo la mesa. Volvemos a la carretera para pillar el primer bus que vaya en dirección a Unawatuna. Nos subimos en el bus suicida iluminado por dentro con una luz azul digna del fucking master del tuneo, la música a tope, y botellitas de agua colgadas al lado de las ventanas pa’ refrescarse, pa’ los mareos o pa’ las pastis. Velocidad totaaaaaaaaaaaaaal.







Tras el frenazo consiguiente nos depositamos de Unawatuna. Cenamos en un vegetariano donde puedes intercambiar guías y libros (dejas dos y te llevas uno). Una gatita preñada es nuestro animal de compañía para la última comida del día.

Nos vamos a dormir… Aquí debería acabar el capítulo de hoy, pero para nuestra desgracia no…  Comienza el capítulo del terror.

Nos vamos a dormir… sin sospechar que en la cama no éramos dos… sino tres…

Cuando cojo el primer sueño Soraya me despierta preguntándome: “¡¿Qué haces?! ¿Me estás tocando la espalda?”. Le respondo con un “¡qué coño dices!” mientras me incorporo y veo, pese a no llevar lentillas y tener solo la luz tenue de la ventana, algo negro gordo corriendo por su espalda y perdiéndose en la blanca almohada. ¡¡¡Una megacuca le estaba corriendo por la espalda!!! Empezamos a gritar como descosidas y a morirnos de asco. Soraya está casi convulsionando del puto ascazo de tener a semejante bicharral sobre su espalda. Es la segunda cuca en la cama en lo que llevamos de viaje, ojo al dato. Llamamos a los chavales del hotel espeluznadas que vienen en calzones armados con una escoba e insecticida. Les obligamos mirar bien en la cama ¡¡¡y entre las tablas aparece otra!!! Aaaaaaggg. Dioooooossss, ¡qué puto asco! Queremos inmolarnos.

Así que les decimos que de ahí no se van hasta que revisen el último rincón de la habitación, mientras empezamos a temblar por los engendros que podemos tener ya en la mochila. Después de la búsqueda del tesoro, los chicos con ganas de irse a dormir me repiten una y otra vez “only two, madam”. ¿Only two? ¡¿Te parecen pocas!?

Tardamos mil horas en dormirnos, además, hemos dejado la luz encendida, ya que nuestras amigas negras salen menos cuando hay luz. Al rato el perro aullador comienza su cantinela particular. Hoy no será el bebé, sino un niño igual de plasta quién nos despierte. Noche infernal.

3 comentarios

  • Responder Michael Hellin 14 junio 2017 a las 12:55 am

    jajajaja, me meooo

  • Responder Michael Hellin 14 junio 2017 a las 12:56 am

    son las 3 de mañana y no he podido irme a dormir todavia por tu culpa.. bueno ya me quedan pocos capitulos

    • Responder Eva L. 20 junio 2017 a las 2:09 pm

      No me das pena, al menos tú no has tenido una cucal en la espalda… de momento. Muahahahaha….

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