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Diarios de viaje Sri Lanka

Diario de Sri Lanka – Capítulo 10 (Peradeniya – Kandy)

7 abril 2014

Hoy nos sentimos verdes así que decidimos ir a ver el jardín botánico de Peradeniya, no sin antes parar para desayunar en nuestro adorado White House, para ponernos moradas. Una especie de samosas muy picantes y pasteles de chocolate y nata regados con un enorme batido de helado de fresa constituyen mi ligero desayuno, no sea que me vaya a dar una lipotimia o algo por una bajada de azúcar. Juas.

En la caótica estación de autobuses esquivamos los vehículos que salen a toda leche sin mirar quién tienen por delante buscando el 644 que va a los jardines, pero hay muchos más autobuses que dejan cerca, así que cogemos uno al vuelo.

Aunque hay mucho tráfico llegamos enseguida porque los jardines están sólo a 6 kilómetros de Kandy. Nada más saltar del autobús nos convertimos en la principal atracción de un montón de niños pequeños uniformados que hacen cola para entrar en el parque. Los críos nos saludan con sonoros “hellos”. Los nenes pagan 50 rupias, a nosotras nos piden 1100, así que tiramos de nuestras fabulosas student cards falsas que compramos en Bangkok y la cosa se queda en 825 rupias. Es poco ahorro pero nos resarce un poco de los dinerales que hemos pagado en Sigiriya y Polonnaruwa.

El Jardín Botánico Real de Peradeniya fue creado a finales del siglo XIV en las orillas del río Mahaweli. Antes de la conquista británica era un lugar de esparcimiento de la monarquía. Son los jardines de mayor extensión de todo el país y cubren sesenta hectáreas. Los edificios que había aquí fueron destruidos por los cabrones de los ingleses cuando ocuparon Kandy. El jardín tiene cerca de 4.000 especies de plantas.

El cielo se está poniendo muy gris y comienza a chispear hasta que de repente se pone a llover a cántaros. Nos refugiamos en una casetilla con una familia de suizos con dos hijos muy largos, dos perros y una excursión entera de niños con uniformes de vivos colores, cuya líder es una niña muy alta y muy pesada que no deja de acosar un niño con muchos dientes. Los niños suizos entonces sacan una bolsa llena de peonzas de plástico que reparten entre todos chavalines que las hacen girar en el suelo y le las llevan a la boca alternativamente.

Tras varios minutos, cesa el diluvio y volvemos al parque, más brillante, verde y fragante que antes, si cabe. Nos cruzamos con algunas parejitas románticas que se esconden para hacerse arrumacos.

Dictadores yugoslavos que plantan árboles
Astronautas rusos que plantan árboles

Entonces descubrimos que los jardines botánicos de Peradeniya son el paraíso de las excursiones escolares ceilandesas. Hay miles de niños, de todos los tamaños y uniformes posibles y todos, absolutamente todos nos saludan a gritos y no paran hasta que les contestamos uno por uno. Imposible concentrarse en las plantitas, los nenes nos ponen la cabeza como un bombo. Los adolescentes no se conforman con el saludo y nos piden posar con ellos para las fotos del móvil, mientras nos rozan tímidamente algo tan casto como espalda o el brazo provocando enorme algarabía. De vez en cuando conseguimos abandonar el camino principal y dejar de escuchar por unos segundos “hello, madam, where are you from?”

Como con tanto saludo nos sentimos como la reina madre, decidimos parar para tomar un té con estas maravillosas vistas frente a la higuera gigante de Java, que es la más grande del mundo.

Disfrutamos de las orquídeas y de las espectaculares avenidas de palmeras más tranquilas ya, hasta que decidimos pasar por el puente colgante del río Mahaweli donde se forma una norme cola de niños. Los profes nos cuelan galantemente y los niños se ríen.

 

Decidimos volver a Kandy. Yo tengo antojo de comida india de nuevo, pero por no repetir probamos en el Captain Talle o algo así, que pese a estar lleno de locales es un fraude prefabricado total. La comida es mediocre y el pan está congelado. A Soraya se le han antojado unos pantalones deportivos con el león de la bandera de Sri Lanka para regalárselos a un amigo, pero son muy caros y tienen muy calidad. Así que nos hacemos un buen recorrido por los puestos de ropa de donde salimos un poco agobiadas.

Kandy es patrimonio de la humanidad, pero todavía no entendemos por qué, así que dispuestas a descubrirlo callejeamos en busca de los bellos edificios coloniales que le han hecho merecedora de ese título… pero no los
encontramos. Desde lo alto de la colina nos observa un gran buda blanco y decidimos ir a verlo. Elegimos, por variar, el camino más largo. Preguntamos a un señor cómo ir de forma más directa. Es sordo pero no señala el camino ¿nos habrá visto formato de budas? Subimos rodeando la colina por la carretera con el aliciente de ir quemando las calorías del desayuno. Una vez en la cima vuelve a tocar pagar el impuesto revolucionario por el pañuelito que cubra
nuestras vergüenzas y para dejar a buen recaudo las ofensivas zapatillas. El buda no es muy bonito, pero las vistas merecen la pena. Debajo de la estatua unos dibujos comparan la altura de los budas más famosos del mundo. Algunos los hemos visto, como el de Kamakura (Japón), bastante más bonito y valioso que éste, la verdad.

Recogemos las zapatillas y el vejete del tenderete y su nieto nos piden tabaco, chicles, dinero… Bajamos por un camino mucho más directo y enseguida llegamos a la estación de trenes. Me voy a descansar un poco al hotel mientras Soraya sale a descubrir los edificios coloniales que nombra la guía, y los descubre… entre la cochambre. Están tan sucios y descuidados, entre otras edificaciones modernas, que hay que fijarse para encontrarlos.

De relax en la terraza del Olde Empire

Me recoge en el hotel y vamos al Royal Bar & Hotel un precioso y carísimo hotel que nos transporta al antiguo Ceilán colonial. En el patio sólo hay hombres, locales la mayoría, bien vestidos, tomando copas. Nosotras no somos tan elegantes, pero nadie nos mira mal. Probamos las fresquitas cervezas locales y brindamos por el próximo viaje.

Las paredes del hotel están llenas de fotos antiquísimas en blanco y negro. Un camarero que habla la lengua de El Padrino porque trabajó en un hotel italiano en Maldivas, nos explica cada foto. En una de ellas de principios del siglo XX, se ve una familia de nativos vestidos al estilo de las tribus africanas. Es alucinante, esa imagen parece tan lejana y en realidad sólo tiene poco más de 100 años. En otras fotos se ve a las señoritingas inglesonas deenormes culoS decimonónicos en sus sillas tiradas por pobres ceilandeses con su dignidad pisoteada, reducidos a simples animales de carga. Nos cagamos en todos los colonizadores y nos volvemos a nuestro cutre hotel, famoso, según el camarero del Royal, por sus chinches. La pareja de gabachos maricas de la habitación de al lado no paran de incordiar. Cuando por fin se hace el silencio otra cosa no nos deja pegar ojo, el temor de compartir lecho con un montón de chinches.

¿Hay algo mejor en el mundo que estar de viaje brindando por el próximo?

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