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Diarios de viaje Sri Lanka

Diario de Sri Lanka – Capítulo 9 (Kandy)

14 marzo 2014

Seis menos cinco. No puedo más. Llevo horas aguantándome las ganas de hacer pis porque me da pena despertar a los vejetes que duermen en el suelo de la terraza. Abro la puerta y compruebo aliviada que ya no están. Salgo corriendo al servicio.

Tenemos un montón de ropa para lavar así que salimos con la bolsa de ropa sucia en busca de una lavandería, que en Kandy es como buscar un oasis en el desierto. Después de dar mil vueltas recibiendo indicaciones contradictorias, conseguimos encontrar la lavandería de Kandy, que cobra su exclusividad a precio de oro. Así que como por el precio de lavar cada prenda nos podemos comprar una nueva, decidimos darnos la vuelta con la bolsa e intentarlo en el hotel. Pero la búsqueda nos ha abierto nuestro insaciable apetito, así que entramos a desayunar curry ceilandés y pasteles en el Devon (una cadena de restaurantes). No sólo no tenemos ropa limpia, tampoco dinero, así que entramos en todos los bancos donde nos ofrecen un cambio pésimo: 172 rupias el euro.

Encontramos una casa de cambio donde probamos por primera vez a regatear el cambio y ¡voilá! conseguimos sacárselo a 175. Al salir nos encontramos con unas catalanas mayores y empezamos a hablar de viajes. Nos dicen que les fascinó Omán y que tenemos que ir. Nos lo apuntamos y les recomendamos que regateen el cambio, algo que les parece insólito y genial.

Cargadas de rupias y de ropa sucia volvemos al hotel. Cambiamos a la habitación prometida con cuarto de baño. Allí lavamos a mano nuestra ropa interior (porque también es caro) y dejamos las prendas más grandes para que lo hagan en el hotel.

Después de ocuparnos de las labores más humanas, nos dedicamos a las divinas y salimos a conocer el lugar más sagrado de Sri Lanka, el Sri Dalada Maligawa o Templo del Diente de Buda.

Hay un férreo control de seguridad para entrar en el templo, que sufrió un atentado en 1988 de los Tigres Tamiles que provocó varias muertes y destruyó gran parte del complejo a excepción del edificio donde se guarda la reliquia, lo cual nunca es casualidad, ¿no?

Milagros aparte, el santuario es otro sacacuartos para turistas. La entrada son…, más … por sacar fotos, más … por grabar video, más la propina “voluntaria” por dejar obligatoriamente los zapatos en la entrada (el calzado no te lo dejan llevar contigo ni aunque lleves tú tu propia bolsa).  Por supuesto hay que entrar descalzo, con los hombros y rodillas cubiertos. Pero bueno, todo sea por ver el diente de Buda, protagonista de tremendas peripecias que os resumo a continuación. Tras su muerte, Buda fue incinerado con leña pero alguien rescató del fuego el canino izquierdo del profeta. El diente sagrado fue trasladado en el siglo IV A.C desde la India hasta el antiguo Ceilán por el príncipe Danta y la princesa Hemamala, que lo escondió entre sus cabellos. La reliquia del diente finalmente llegó a Anuradhapura (capital de la época prestigiosa). Pero después los invasores portugueses, con muy mala uva, lo destruyeron… Bueno, eso creyeron ellos porque les dieron el cambiazo a los muy tontos. Para albergar tan preciada reliquia se construyó el templo que vamos a visitar donde ahora recibe culto. De aquí sólo sale una vez al año en verano en la Esara Perahera o procesión del diente de Buda, a lomos de un elefante que camina por una vía de seda.

Perahera (imagen de google)

El festival, que se celebra desde la época medieval y dura diez días, es espectacular y precioso, lleno de música, baile, fuego y elefantes espectacularmente vestidos con ropajes llenos de ricos bordados e iluminados con bombillas. Pero estamos a finales de septiembre y nos vamos a quedar con las ganas del festival (otro motivo para volver a Sri Lanka). Así que nos tendremos que conformar con ver el diente… pero lo que no sabíamos es que el diente no se puede ver. Está en un relicario en la cámara sagrada que exponen tres veces al día. No hay suerte y no vemos ni el relicario. El lugar, que se vende como el Vaticano del budismo, nos decepciona bastante, la verdad. Lo más interesante para nosotras son los vídeos que de forma continua muestran la procesión de la reliquia por las calles de Kandy. El complejo también tiene un museo, con pinturas que dejan bastante que desear y fotografías que recuerdan el atentado.

Decepcionadas, recogemos los zapatos sin dejar propina… que se la deje el Ratoncito Pérez. Nos vamos a comer y repetimos en el indio del White House, porque la comida está riquísima.

Después nos vamos a dar un paseo por el lago sagrado (en Kandy todo es sagrado). Se nos acopla un plasta que nos pregunta si nos importa que nos acompañe. Le digo que sí, que sí me importa. Me dice que por qué. Le digo que queremos pasear solas porque tenemos cosas de qué hablar y a él básicamente se la suda y se nos pega. Así que pese a que le ignoramos, camina a nuestro lado y nos habla de vez en cuando y nos pregunta de qué nos reímos cuando nos reímos. Es un tío joven, bien vestido y muy sonriente, no nos da mala espina, pero tanta perseverancia en acompañarnos nos hace sospechar que nos quiere liar para algo. Se empeña en que vayamos a no sé dónde a ver unos bailes y le decimos que pasamos de bailes. Pero el tío no se va y eso que le hacemos mucho más caso a todos los bichos que nos encontramos que a él. Y es que hay muchos bichos en el lago, aunque sea artificial: pelícanos y otros pájaros extraños, cientos de ardillas, peces enormes y unas lagartas gigantes preñadas que nos dan mucha pena porque parece que están a punto de explotar.

Nos paramos a hacerle fotos a cada animalillo que nos encontramos, a ver si el tipo se aburre y se pira, pero parece tan fascinado mirándonos como a nosotras nos fascinan los bichillos. Nos analiza y nos dice yo parezco más reflexiva y desconfiada y Soraya más alocada y confiada. Vaya lince.

El tío nos cuenta que es médico en un hospital y tal. No nos lo creemos, aunque podría ser. Él mismo se descubre mostrándonos su tarjeta del trabajo donde pone que es celador. Nos dice que las vistas son más bonitas desde la colina y decidimos hacerle caso y subir. Las vistas sí merecen la pena y todo está más cerca de lo que parece desde abajo. Desde el mirador hay colocados oportunamente varios puestos de souvenirs para turistas. Enseguida somos asaltadas por los vendedores de camisetas que se empeñan en que les compremos unas con un elefante de frente en la parte de delante y con el culo del elefante en la espalda. No entienden que no les vamos a poner tan fácil el chiste al personal con semejante camiseta. De repente, rebuscando entre las camisetas de los puestos nos encontramos a las catalanas mayores que vimos por la mañana. Ellas viajan con chófer, porque son señoras con clase. Nosotras envidiamos su poderío y ellas nuestro arrojo… o quizá nuestra juventud. Ellas se alegran muchísimo de vernos y empezamos a charlotear, mientras nuestro acompañante se pone nervioso y hasta un poco borde. Al tío le jode no entender ni papa y que le ignoremos, pero ni con esas se va. Empieza a ponerse pesado con que vayamos al mercado de las especias a comprar batiks, y le decimos que se relaje o se pire, que no necesitamos guía. Pero no se va ni con lejía. Está claro que algo quiere sacar aunque aún no tenemos muy claro qué. Nos despedimos de las catalanas y bajamos de nuevo a la ciudad.

Le advertimos de que no queremos ni especias, ni batiks, ni nada, pero él tío dice que da igual, que sólo nos lo quiere enseñar. Así que entramos al mercado, donde todos los comerciantes nos intentan liar sin éxito para que compremos, todas esas cosas que ya tenemos en casa cogiendo polvo, procedentes de otros viajes donde éramos más fáciles de doblegar. Una vez que ha comprobado que somos duras de roer y que no íbamos de farol cuando le advertimos de que no queríamos comprar nada, nos dirigimos a la estación de tren. Ahí pensábamos que ya nos lo quitaríamos de encima, pero tampoco. Él se empeña en guiarnos por un atajo que consiste en caminar por las vías del tren.

Varios monjes con túnicas color azafrán caminan también por los raíles. Soraya insiste en que nuestro acompañante sólo ligar conmigo, ya que le ha estado haciendo el vacío todo el tiempo. Soraya is right. Mi pretendiente me pregunta que si estoy casada y le digo que sí, con un banquero. Me dice que soy millonaria y le digo que sí, pero que viajo con mochila por excentricidad. Soraya le informa de que ella también está casada con un capitán de marina de Madrid. Lejos de achantarle, me recuerda lo lejos que están nuestros maridos y lo cerca que está él y nos insiste en quedar por la noche para tomar algo.

De paseo con mi novio

Entramos en la estación y él insiste en comprarnos los billetes y que le invitemos a venir a Nuwara Eliya. Le digo que ni de coña y me voy directa a la ventanilla a comprar yo nuestros billetes. ¡Sólo faltaba que se nos acoplara también!

A la salida insiste por enésima vez en quedar para ir a tomar algo después. Como le decimos que no, insiste en acompañarnos al hotel. Lo mandamos a escardar y por fin parece que se va después de más de 3 horas pegado a nosotras. Queremos ir al hotel pero sabemos que nos va a seguir, así que empezamos a callejear para despistarle.

De repente estalla una tormenta. Nos refugiamos en un templo hindú. Nos obligan a descalzarnos así que nos empapamos los pies. El templo lo comparten hinduistas y budistas y está a punto de comenzar una ceremonia. De las paredes cuelga todo el santoral en lucecitas de neon que parpadean sin parar y que invitan, más que a rezar, a pedirse un cubata y meterle un billete de cien rupias en el pantalón al brahman.

Un gato escapa de la lluvia y nosotros corremos tras de él. El felino se mete en una habitación donde hay otros cuatro gatitos monísimos y un cura budista con cierto aire a Octavio Aceves y más pluma que él. También tiene un abanico enorme y una foto con el Dalai Lama. Le contamos que hemos estado en el Potala y que nos caen genial los tibetanos y fatal los chinos. Nos invita a sentarnos y empieza a rezar mientras toca los hombros y la cabeza de Soraya con el abanico. Intento a duras penas, reprimir la risa, viendo lo seria y digna que se mantiene Soraya mientras recibe estoicamente las bendiciones. Después me toca a mí y hago como que me lo tomo en serio. Entonces, nos ata unos hilos amarillos en la muñeca que nos indica que no debemos quitarnos hasta que se caigan solos, para que nos protejan. Sabemos que tarde o temprano tendremos que pasar por caja, pero no sin jugar un rato más con los gatitos, que son monísimos. El monje nos acerca un “libro de visitas” donde la gente, además de poner una frase para el recuerdo apunta también el donativo. Ninguno baja del equivalente a 12€. Le comento al monje que no podemos dar tanto y nos dice que no pasa nada. Así que le damos lo que consideramos justo por unos hilos y unos rezos y salimos a ver la ceremonia hinduista.

Pasadas por agua y bendecidas, salimos del templo y nos metemos en una pastelería. Soraya se encuentra mal y sólo pide un té. En la mesa de al lado una familia de rusos se han dejado casi toda la comida en el plato, algo que nos da mucha rabia.

En vista de que Soraya está pocha y son casi las diez y los vejetes deben estar echando ya la reja, vamos al hotel. Pero es imposible dormir porque suena un timbre sin parar durante 15 minutos. Son unos guiris que han llegado tarde y se han encontrado la puerta cerrada. Al final los viejos refunfuñando les abren y por fin podemos dormir todos.

2 comentarios

  • Responder Anónimo 2 abril 2014 a las 3:23 pm

    ¡Qué pasada de lagartos!

  • Responder Michael Hellin 14 junio 2017 a las 12:21 am

    dios como me estoy riendo con tus historias, y que ganas tengo de ir a sri lanka en octubre

    me encanta como escribes!

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