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Diarios de viaje Sri Lanka

Diario de Sri Lanka – Capítulo 7 (Dambulla y Mihintale)

7 febrero 2014

Amanece en Sigiriya. Subimos a desayunar a una especie de palafito (sin agua debajo, eso sí) de madera que tiene montado el vejete con unas vistas espectaculares a la roca de Sigiriya. El desayuno consta de huevos, rottis (una especie de pan redondito parecido a un crepe gordo), piña y papaya frescas, té, mermelada, mantequilla y un montón de frascos de mermelada y un sirope de la isla que no puede ser más empalagoso y que a mí me encanta… y también a los centenares de hormigas amarillas que de repente aparecen furibundamente hambrientas subiendo a toda leche por mi silla de madera. Como sabemos lo que escuecen las mordeduras de las hormigas amarillas (en Koh Tao, Tailandia, nos mordieron hasta en el carnet de identidad) empezamos a pegar brincos y gritos, porque en el fondo somos unas nenazas. Después de despertar a toda la casa de huéspedes, salimos a la carretera en busca de la parada del autobús que nos lleve a Dambulla, donde tenemos que cambiar urgentemente dinero. No tarda en llegar y tenemos la suerte de pillar asiento, porque enseguida se llena. Va pisando huevos, pero no nos importa porque el paisaje es muy bonito.

Dambulla, diferencia de Sigiriya, parece ya una gran ciudad, con una avenida ancha con muchos comercios y bancos, eso sí, cerrados porque es domingo. Así que después de recorrer arriba y abajo la calle no podemos hacer otra cosa que aceptar el pésimo cambio a 172 rupias el euro, que nos dan en el único banco que está abierto.

Con nuestra pasta en el bolsillo, cogemos un tuk tuk hacia el Templo de la cueva de Dambulla o Templo de Oro, patrimonio de la Humanidad. Llegamos enseguida y de repente nos encontramos con este terror ante nuestros ojos.

¿Es un restaurante chino gigante, la nave nodriza de los “todo a 100”, una falla valenciana? No, es el Templo de Oro

Los japoneses donaron un montón de pasta a los ceilandeses que usaron ese dinero para hacer este espanto. Pero no os asustéis, el mundo no se ha vuelto loco. Esta portada sólo da paso al Templo de la Cueva, que está muchas escaleras arriba. Los feligreses suben con ofrendas florales que nunca llegan completas a su destino porque los monos saltan sobre ellos y se las roban para comerse los bulbos. Las chicas gritan, y los monos ladrones se escapan con la boca llena de pétalos.

Me pongo nerviosa, porque ya me imagino a los monos saltando sobre mí, mordiéndome por no llevar flores, pero afortunadamente, no les intereso una mierda. Nos presta más atención una iguana de colores que nos mira de reojo (y esto, literalmente) desde un cactus.

Hace un calor de mil demonios, el suelo arde, pero es obligatorio descalzarse, y por supuesto, ahí está el puesto donde te guardan las zapatillas a cambio de la “voluntad”. Como la voluntad resulta que es obligatoria, nos mosqueamos y decimos que vamos a pasar con las zapatillas de la mano, pero nos dicen que está prohibido. Pues las metemos en la mochila. Está prohibido. Cabrones. Así que dejamos las zapatillas en el puesto y vamos al siguiente punto mafioso, la entrada.  El ticket en dos meses ha subido de 1200 a 1500 rupias. En fin. No contentos con el precio de la entrada y la mordida del puesto de zapatillas, nos dicen que los pantalones son muy cortos y que nos alquilan el trapo para no ofender a las deidades. Entonces le saco el dobladillo dejándolo aburrido hasta para una monja. Entonces nos informan de que no se puede mostrar los hombros. Sacamos nuestro maxi pañuelo para cubrirlos. Entramos, por fin en la primera capilla de la cueva. Entonces me dicen que el pañuelo que llevo en el pelo me lo tengo que quitar dentro de la cueva. Entonces voy a hacer una foto y me dicen que no está permitido darle la espalda a los budas (que están por todas partes) ¡Ya me estáis tocando mucho el coño, ¿eh?!

Pese a la sarta de normas más o menos absurdas, y más o menos interesadas para sacarte la pasta o de tus casillas, las cuevas son preciosas. Están llenas de frescos policromados con muchas figuras geométricas y de budas de todos los tamaños, algunos, preciosos.

Soraya, toda libidinosa, deja al descubierto, la muy descocada, uno de sus hombros. Después de retratar tan sacrílego momento, descubrimos una cámara. Así que viendo las ganas que le tienen los del templo a nuestras carteras, ya nos vemos saliendo con una multa de recuerdo (afortunadamente no ocurrió)

Entonces nos encontramos de nuevo con el español que conocimos en Polonnaruwa y alucinamos de que hubiera llegado hasta allí, con todas las escaleras que había, dados los problemas de movilidad que tiene. ¡Qué huevos tiene el tío! Hablamos un rato de viajes y nos despedimos hasta el próximo encuentro, en cualquier otro punto de Sri Lanka.

Salimos hambrientas en busca de un restaurante recomendado en la guía que no existe. Nos mandan de un lado para otro, pero nadie tiene claro de qué sitio se trata y no hay más restaurantes que un chamizo oscuro en la carretera que le encanta a Soraya, donde sólo tienen cosas misteriosas rebozadas con garantía de diarrea inmediata incluida. Además hace un calor de mil demonios y debajo de la chapa de uralita no se está muy a gusto, así que decidimos seguir buscando. Entonces se nos pega un pesado empeñado en vendernos algo de su chabolo. Como no queremos comprar nada ni ver su tienda nos insiste en que le comamos el curri a su madre… No seáis mal pensados, esto es literal. Echamos a andar por la carretera y el tío ya se ha convertido en nuestro apéndice. Se empeña en acompañarnos aunque le pedimos que no lo haga. Pasamos por delante de dos o tres restaurantes para guiris, con precios absurdamente inflados y personal bastante borde. Nos insiste para que nos sentemos en el restaurante de un hotel y, cansadas, accedemos. El tipo se sienta en la mesa de al lado. Incómodas por la situación y porque, como mínimo, le íbamos a tener que invitar a comer, decidimos levantarnos y buscar por nuestra cuenta algo que nos convenza más. Vuelta a la carretera. Vemos un tuk tuk que acaba de sufrir un accidente. Nos dice que es muy habitual. El pesado lleva ya como una hora yendo de la Ceca a la Meca con nosotras así que decidimos coger un tuk tuk a Dambulla, donde seguro habrá más oferta. Pero, cuando creíamos que ya íbamos a quitárnoslo de encima, el tío nos dice que si no nos importa que se suba al tuk tuk y le dejemos en su casa. Accedemos y lo dejamos en su casa, pese a que no le faltaron ganas de venirse a seguir dándonos la caca el resto del día.

Nos bajamos en la estación de autobuses. No hay mucha oferta, así que pillamos en una tienda unas samosas, servidas en unos paquetitos hechos con los deberes del cole de los niños. ¡Viva el reciclaje!

De una tienda aparece un tipo que habla perfectamente inglés y que nos suelta un rollo increíble que a acabamos de entender, ofreciéndonos un “experience weekend”. Básicamente se nos quiere acoplar y concluimos que en que en realidad lo que quiere es jugar al “teto” y encima cobrarnos por ello. Le mandamos a escardar y decidimos ir a Mihintale. Pero resulta que no hay un bus directo a Mihintale ni sale de la estación, donde nos encontramos, sino de afuera. Un tipo nos avisa de ello y salimos zumbando.  Corremos a la carretera a coger el bus a Anuradhapura y el tipo que salió detrás de nosotras nos pide una propina. ¡Vaya jeta! Aquí no te dan gratis ni la hora, joder. Por supuesto, como somos de la cofradía del puño, hacemos caso omiso.

Se trata de un bus enano, una mini van, lleno hasta los topes, pero, eso sí, con aire acondicionado. Pero enseguida encontramos asiento, porque los señores son unos caballeros y nos lo ceden, por ser unas delicadas damas. Todo el mundo nos pregunta dónde vamos y nos avisan de dónde tenemos que bajar para coger otro autobús a Mihintale, sin necesidad de tener que pasar por Anuradhapura, lo que supone un buen ahorro de tiempo. Así que, como bien nos ha informado la gente, cruzamos la carretera y esperamos el otro bus que nos dejará en nuestro destino.

Llegamos a Mihintale, pero no vemos nada, sólo muchos árboles y algunas ardillas. Después de un buen paseo y de preguntar dónde están las ruinas, aparece un tipo muy alto y con la cara llena de cicatrices de la viruela. Dice que quiere ser nuestro guía y que nos va a llevar por una ruta alternativa por la que no va nadie. Es pesadísimo. Le decimos que no y comenzamos a subir las escaleras. El tío venga a insistir, y nosotras venga a decirle que no queremos guía. Entonces saca una libretita donde nos enseña algo que ha escrito una chica de Bilbao sobre él (la acabaremos conociendo). Le decimos que gracias, y que se está empezando a poner el sol y que si nos sigue entreteniendo no vamos a ver una mierda. Por fin nos lo quitamos de encima después de mucho esfuerzo y subimos. Hay, como no, monos y muchos indios. Vuelta a descalzarse. Soraya, que fue cabra en una vida anterior y lo sigue siendo en esta, no duda en subir una roca tremenda, atestada de gente que sube y baja. Para hacerlo todavía más emocionante hay muchísimo viento. Una niña se pone a berrear y la madre, en pleno risco se saca la teta y le da la cena. Hay mucho viento y atasco para subir y bajar, porque el paisaje desde allí es muy bonito.

 

Desde la stupa somos testigos de cómo el sol se empieza a esconder en el horizonte. Es hora de bajar, antes de que nos quedemos a oscuras. Abandonando ya el lugar unos chicos que quieren ligar con nosotras nos invitan a visitar las ruinas del primer hospital del mundo. Nos dicen que son estudiantes de arqueología. No nos creemos nada pero ante la insistencia nos montamos en sus motos. Nos miramos la una a la otra con el pelo al viento a lomos de la moto de nuestros novios ceilandeses. A Soraya le ha tocado el que tiene cara de bueno. El mío, está claro, es el malote. Nuestros novios nos paran en la ruinas y nos dan una explicación rápida, ya que les insistimos en que dormimos en Sigiriya y no sabemos cuántas cábalas tendremos que hacer para llegar hasta allí, y no queremos perder los últimos buses. Así que preguntan en una parada de autobús, aparcan las motos y nos cuentan que de ahí sale nuestro bus en una media hora y que como tenemos tiempo de sobra que si nos tomamos algo con ellos. Entramos en un bareto, y por supuesto dan por sentado que queremos cerveza y nos invitan a probar el arrak. Les decimos que preferimos un té y nos sirven el té mas delicioso que hemos probado en nuestra vida, y eso que somos muy teteras. De repente se oye el sonido de un autobús. ¡Es el bus de Dambulla! Salimos corriendo y nos subimos ya prácticamente en marcha. El conductor no sólo nos espera, sino que le presta un boli a mi novio para que apuntemos el teléfono del novio de Soraya. Subimos, y aunque está lleno de señores, nos ceden el asiento una vez más.

El autobús tiene una pantallaca donde se reproduce un concierto en vivo de varios artistas ceilandeses. Una de ella es como Shakira pero en gorda y oscura. Otro se parece a Luis Aguilé. La música está a tope y es muy divertida. El conductor está loco. Vamos a una velocidad de vértigo y con la puerta delantera abierta, con un tipo haciendo malabarismos para no salir volando en cada bandazo. Los tuk tuks que se encuentra a su paso exhiben sus reflejos para apartarse a tiempo. Vamos realmente acojonadas, ya que al muy zumbado le pone más ir por el carril contrario que por el que le toca, vengan o no vengan camiones de frente. Así que me paso el viaje gritando y santiguándome, para deleite del personal. Sufro, pero a la vez me parece todo muy divertido.

Contra todo pronóstico llegamos sanas y salvas a Dambulla, donde los tuktukeros aguilillas esperan hacer su agosto a sabiendas de que ya se ha marchado el último bus a Sigiriya. Al principio no les creemos, pero después de recorrer la calle entera preguntando y regateando, no nos queda otra que coger un tuk tuk. Nos lo deja en 600 rupias, lo cual está muy bien ya que los otros no bajaban de 1000. El conductor es un chaval joven. Nos metemos en la estrecha y oscura carretera arbolada y nos pone música bakala a toda mecha y de repente el tío mete las manos entre mis piernas: “What are you doing?” le grito. El chico quita la mano y no dice nada. Desconcertada no entiendo muy bien si quería tocar el altavoz, meterme mano, o aprovechar que subía el altavoz para meterme mano, nunca lo sabremos. Llegamos a la casa de huéspedes donde el dueño nos dice ¡que le ha llamado el novio de Soraya!. Los chicos de Mihintale nos habían dicho que conocían al dueño del Lakmini, pero creímos que era un farol. Estaban empeñados en que volviéramos a Mihintale para “enseñárnosla bien” al día siguiente. Y es que si algo son los ceilandeses es insistentes.

Después de una tarde tan completita donde hemos ligado, nos hemos jugado la vida en el bus de Speed y nos han sobado en un tuk tuk, todavía nos aguarda una sorpresa cuando salimos a cenar. Vamos caminando por la oscura carretera con nuestras linternas cuando oímos unos ruidos y miramos a un lado. Hay una luz y ¡un elefante enorme! Nos acercamos y vemos que un hombre le está dando de comer y no que no es uno sino dos. A mí me da miedo pero veo que los pobrecines tienen una cadena en la pata. El hombre nos cuenta que son los elefantes de los paseos para los turistas. Me invita a tocarlo y me da un respeto tremendo, pero acerco la mano y toco una piel durísima. Son tan bonitos…

Nos despedimos del señor y nos sentamos a cenar en el restaurante del que nos marchamos el día anterior porque no nos atendía nadie. Hoy parece un sitio distinto. Son súper atentos y rápidos sirviendo. Yo me equivoco y me pido un rotti de coco, que es un postre. Soraya acierta de pleno pidiendo el kottu rotti, hecho a base de verduras muy picadas a la plancha. Delicioso.

Soraya les dejó un dibujito de recuerdo de nuestro paso por allí

Es hora de dormir y ya todo está cerrado, así que nos vamos a dormir. Uno de los camareros nos dice que si queremos que nos acerque en moto. Le decimos que sí y nos deja tan ricamente en nuestro hostel. El ruido de la moto desaparece en la noche, dejando paso al silencio.

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