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Diarios de viaje Sri Lanka

Diario de Sri Lanka – Capítulo 6 (Polonnaruwa – Mineriya – Sigiriya)

19 enero 2014

Recogemos todo y bajamos a desayunar. Un señor mayor desdentado que pulula por el hotel nos dice que no debemos de fiarnos del “tuktukero” con el que vamos a ver las ruinas. Ya no sabemos que pensar. Pero nuestra intuición nos dice que el tío es majo y que el hombre sin piños trata de colocarnos a su sobrino o su nieto para hacernos el tour de turno. También nos recomienda el Lakmini Guesthouse en Sigiriya, donde pensamos dormir esta noche. Lo que no supimos hasta que llegamos a Sigiriya es que iba a llamar para reservarnos la habitación.

A las 8 y media como un clavo aparece Manju, nuestro conductor. Echamos las mochilas al tuk tuk y nos ponemos en marcha. Nos cuenta que ha tenido otro encontronazo con el tío coñazo de ayer y que el muy hijo de puta nos ha puesto verdes a nosotras. ¡Será cabrón! Como nos lo encontremos la vamos a tener.

El señor que vende los tickets para entrar al recinto de Polonnaruwa es el hombre más antipático de Asia y parte de Oceanía. Así que como nos gusta provocar, le pagamos parte en dólares (los últimos que nos sobraron en de nuestro viaje a Myanmar) y parte en rupias.

Polonnaruwa se extiende sobre 122 hectáreas, por eso decidimos verlo en tuk tuk, aunque también se puede hacer en bici. Afortunadamente elegimos lo primero, porque hacía un calor de mil demonios para andar por ahí haciendo el Induráin. Entre los siglos XII y XIII Polonnaruwa fue una de las antiguas capitales de Sri Lanka, sede del reino hinduista de los Cholas, llegados del sur de la India, y de otros reinos cingaleses. Tiene algunos monumentos bien conservados y está incluido en el listado de la Unesco de Patrimonio de la Humanidad.

Para mantener la santidad del lugar (juas) hay que despojarse del calzado cada vez que entras en algún conjunto monumental, y pese a que todavía es muy temprano, el suelo pétreo arde… Así que para no montar una fondue sobre la piedra de la luna (entrada típica de estos estos edificios que es un semicírculo precioso con secciones con elefantes, caballos y patos) nos dejamos los calcetines puestos, para mayor deleite del colegio que está visitando el Vatadage y que se descojonan sin el más mínimo disimulo sólo por nuestra mera presencia. El Vatadage es una capilla circular destinada a la custodia de reliquias, con budas a los que no se le puede dar la espalda, porque ellos son muy suyos y se ofenden a la mínima.

A la salida recuperamos el calzado y conocemos a un señor muy simpático que es español. El tío tiene un par de huevos, porque tiene serios problemas de movilidad tras un accidente, pero no renuncia a viajar, y además solo. Hablamos de nuestra ruta por Sri Lanka y parece que podríamos volver a coincidir. Así será. Nos despedimos de él y seguimos descubriendo Polonnaruwa. El calor comienza a hacerse insoportable.

Por fin llegó el momento de hacerles una visita a los impresionantes Budas de Gal Vihara, pero en el camino nos encontramos una familia de monos, que hacen que me detenga. No me caen muy bien desde que uno me mordiera en una mano en Ubud (Bali). Así que como ya sé cómo se las gastan, por si acaso, cojo un palo y guardo el gorro y las gafas de sol en la mochila.

Los Budas de Gal Vihara están esculpidos en una pared rocosa: uno sentado, meditando, el segundo de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, postura que representa la iluminación y el tercero, de quince metros de longitud, acostado, en el nirvana. Éste último está considerado la estatua más perfecta y misteriosa de Sri Lanka, y es realmente precioso, pero han colocado una especie de techo metálico encima para protegerlos que desluce un poco el conjunto. Pese a su belleza, pocos son los que se acercan. La “zona sagrada” es bastante amplia, está llena de piedras que arden por el sol y hay que atravesarla descalzo. Soraya, que es una valiente, cruza a brincando y dando grititos. Los guiris que como yo han hecho suya la frase “no sin mi sandalia” se parten el culo.

A la vuelta volvemos a encontrarnos con los monos, que afortunadamente están a su bola. Parecen mucho más relajados y pacíficos que los balineses, así que me rindo a sus monerías. En el fondo, son muy monos.

Después de comprar agua, Manju nos dice que si queremos ver una tienda de tallas de madera. Le decimos que bueno, que si se lleva alguna comisión de ello nos parece bien, pero que no tenemos intención de comprar nada. Así que entramos en la tienda un minuto y nos largamos. Era muy cara y las tallas bastante más bastas que las nepalíes o birmanas. Entonces, decidimos hacer un cambio de planes y exprimir hasta el último minuto del día, así que, como se ha portado muy bien, le proponemos a Manju llevarnos a Mineriya y que a la vuelta nos deje en Sigiriya por 3000 rupias más. Después de llamar a su señora para avisarle de que iba a llegar tarde a cenar, Manju se pone en camino. Paramos un momento en una tiendecita a comprar unas samosas y alguna cosita rebozada misteriosa más, que pica que jode y salimos pitando. No podemos perder tiempo en parar a comer, sobre todo teniendo en cuenta lo lentísimos que son los camareros cingaleses.

Nos cuenta Manju que fue guía en el Hurulu Eco Park y que por eso sabe muchas cosas de los paquidermos. Al llegar al Mineriya nos encontramos con un tipo duro de pelar, pero se ha encontrado con la horma de su zapato. Como no hay ningún guiri más, el tío nos quiere hace pagar por un jeep privado, pero le decimos que queremos compartir coche, y que si no hay más gente no tenemos la culpa. Total, que después de un regateo salvaje, viendo que pasaba el tiempo y que no venía nadie más el tipo nos lo deja por 9500 rupias ¡solas! Menudo lujazo. Y además se viene con nosotros Manju, que nos va a hacer de guía, para recordar viejos tiempos. Como tenemos tres o cuatro horas por delante vamos a hacer un pis. Me meto toda ufana a mear cuando de repente veo que la pared entera y las puertas están infestadas de arañas negras con unas patas larguísimas. Empiezo a gritar histérica y las arañas se mueven al unísono, en plan tsunami arácnido y yo, que entré sólo a mear, me cago de miedo. Le digo a Soraya casi entre lágrimas que me rescate ¡¡¡y es que no hay cosa que me pueda dar más asco en el mundo!!! Me dice que salga corriendo. Las puertas son de vaivén, así que salgo zumbando dejando ahí a las arañas mareaditas. ¡Ay qué ascazo!

Nos ponemos en marcha, pegando brincos en el jeep, muy contentas. El sol quema, pero nos da igual, todo es genial. Enseguida vemos elefantes a lo lejos y muchas aves. Es precioso. Poco a poco nos vamos adentrando más en el parque y nos acercamos bastante a los elefantes. Hay muchísimos. Ni en sueños habíamos imaginado que íbamos a ver tantos. Los vemos pacer, bañarse en el lago, y jugar con sus crías. Parecen tan tranquilos y felices… ¡Es maravilloso!

Empieza a ponerse el sol y abandonamos Mineriya alucinadas. Llegamos a Sigiriya casi de noche. Estaba más lejos de lo que pensábamos. Le decimos a Manju que nos lleve al Lakmini Guesthouse, que nos habían recomendado los guiris alemanes y el hombre desdentado del hostel. Nos recibe un vejete simpático que nos dice que nos lleva esperando todo el día. La casa de huéspedes tiene unas vistas espectaculares a la enorme roca de Sigiriya. Como somos unas guays nos pillamos la habitación más cara, después de regatearla, claro. Nos despedimos de Manju, que nos deja su contacto, así que, amiguetes, si queréis contactar con él no tenéis más que pedírmelo.

Salimos a buscar un lugar donde cenar por la carretera. No parece que haya mucha oferta, así que nos sentamos en el que más luces tiene de los tres garitos que vemos, el Ahisa. Pero no nos hacen ni caso, así que cansadas de esperar nos largamos al de al lado, porque ya tenemos hambre y su nombre Croissant Hut nos hace gracia y nos da ganas de comer croissants. No tienen mucha oferta, ni parece el lugar más higiénico del mundo, pero nos da igual, aunque cada vez que se abre la cortina que deja entrever la cocina nos da más miedo. De repente, aparece el camarero con una cocacola ya servida en un vaso. Le digo que me traiga una botella. Y el tipo que no. Le digo que si viene el precio de la botella por qué no me sirve la botella. El hombre no entiende nada y no quiere reconocer que me la ha echado de una botella grande. A mí eso me da igual, lo que me da miedo es el vaso, porque he visto el fregadero y no quiero más diarreas en este viaje. El hombre se va. A la media hora vuelve con una botella de medio litro de cocacola de la tienda del pueblo… caliente. Bueno, qué se le va a hacer. Lo malo es que fijo que mi comida va a venir aderezada con un gapo.

Tienen una minicadena donde suenan baladas románticas en inglés de ayer y de hoy vease “Smoke gets in your eyes”, Brayan Adams, etc. Nos ponemos a cantar. Después, música americana de los cincuenta. Nos lo estamos pasando pipa. Seguimos pidiendo cosas y ya somos amigos otra vez de los del bar.

Muchas canciones después, emprendemos la vuelta a la casa de huéspedes andando por oscura carretera con la sola luz de nuestras linternas y de las estrellas. De la nada surge un tuk tuk con un tipo altísimo que nos dice que si queremos tomar una cerveza en un bar que está a unos kilómetros. Rechazamos la oferta, porque no tenemos cuerpo para ser violadas en las oscuridad del campo y seguimos caminando.

Por un caminito perpendicular a la carretera llegamos a nuestra habitación. Cuando nos empezamos a desnudar para meternos en la ducha llaman a nuestra puerta. Cojo una toalla y abro. Al otro lado una imagen tan sorprendente como antilívido: el vejete, con un escueto trapo tapándole las vergüenzas apoyado en el quicio de la puerta como un dandy. Glups. Pero el hombrecillo sólo quería saber si queríamos los huevos fritos o revueltos para el desayuno. Lejos, es como quiero sus huevos. Gracias. Buenas noches.

5 comentarios

  • Responder Anónimo 20 enero 2014 a las 10:53 pm

    Hola!!, nos ha encantado a Dani y a mi, la manera de describir vuestras aventuras por Sri Lanka. Si seguiis escribiendo ya teneis ganados a unos seguidores ;). Besos a las dos

  • Responder Eva 20 enero 2014 a las 11:01 pm

    Me alegro de que os guste :)

  • Responder Marta Mendizale 29 junio 2014 a las 11:18 am

    Hola!

    Genial vuestra experiencia en Mineriya!

    ¿Cómo puedo contactar con Manju?

    Viajaré sola, ¿los hombres son muy pesados? ¿agresivos?

    Gracias por la info

    • Responder Eva L. 30 junio 2014 a las 7:52 pm

      Marta, no tienes de qué preocuparte. Los hombres son muy educados. A veces pueden ser un poco pesados pero no en plan brasas o sobón, la realidad es que les encanta hablar y no se cansan nunca, pero mantienen las distancias y no son para nada agresivos, sino más bien cándidos y entrañables cuando intentan ligar. Voy a ver si encuentro el email de Manju.

    • Responder Eva L. 30 junio 2014 a las 8:12 pm

      ¡He encontrado la tarjetita de Manju! No tiene email pero sí dos teléfonos
      077 8572421
      077 6514804

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