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Diarios de viaje Sri Lanka

Diario de Sri Lanka – Capítulo 4 (Uppuveli y Nilaveli)

24 noviembre 2013

6.15 a.m. Nos despiertan dos niños indios jugando con una pelota frente a nuestra ventana. Me asomo y les hago un gesto para que dejen de hacer ruido, pero me miran con cara de haber visto a un extraterrestre y siguen jugando. Pequeños cabrones.

Los indios no entienden esto

Desayunamos en el Fernando´s porque nuestra barca sale de aquí para Nilaveli a las 08.30. Llegamos casi con una hora de antelación, pero al final nos toca correr dado lo que tardan en servir y en cobrar… y eso que sólo  hay otros dos guiris desayunando. También lo hacen los cuervos, que se lanzan a pillar todo lo que puedan de las mesas vacías, metiendo el pico hasta en fondo en los vasitos rellenados con mantequilla… Fijo que la que nos hemos untado ya la había catado antes algún cuervo… Puag. Soraya me tranquiliza: “Pues yo a los cuervos los he visto metiéndole el pico en las orejas a las vacas de la playa”… La odio. La tostada que nos sobra se la regalamos a un perrito muy majo que nos había seguido desde la playa.

Subimos a la barca con un trío de alemanas y una pareja de austriacos. A la austriaca le da miedo el mar y va acojonada. No sabemos por qué, pero todos ellos lucen con mayor dignidad que nosotras los chalecos salvavidas naranjas hechos polvo que nos han obligado a ponernos. El viento golpea nuestras caras y las olas nos hacen saltar en la barca. ¡Qué felicidad! A lo lejos vemos la costa.

Paramos un momento en Nilaveli a recoger al guía y en unos minutos llegamos a Isla Pigeon. No es como la había imaginado, porque había leído que se trata de un parque natural con una reserva de aves, un lugar donde hacer un pic nic… Lo dudo, ya que no hay ni una sombra en la playa y el sol pega que te mueres. Parecen dos pequeños islotes bastante secos unidos por una estrecha franja de “arena”… bueno, más bien de piedras.

Primero vamos a sumergirnos por un lado de la isla que está más protegido del mar abierto por las rocas. Nos ponemos las gafas de buceo y empezamos a ver pececitos de colores, pero también hay muchísimas medusas por todas partes. Nos dicen que esas no pican… Esas no picarían pero había otras que sí picaban, las muy putas. Soraya se mete en su primer banco de medusas que le dejarían un urticante recuerdo en sus nalgas. La sigo y salimos ya a mar abierto hasta que vemos una  especie de bolsa de basura negra enorme… ¡¡¡Es la madre de todas las medusas!!!. Acojonadas salimos pitando de allí, no sin pasar de nuevo por otro banco de medusas.

Ahora toca sumergirse por el otro lado de la playa, mucho más abierto y fascinante. Le pregunto al guía que cual es el recorrido y me señala dos islotes que dice que vamos a rodear nadando. Le digo que si me ha visto cara de Esther Williams, y que además yo no me pongo aletas, que no me apaño. Me asegura que no hay problema, que él me protege… Y ya lo creo que lo hará, con sus manos, con su cuerpo, y si le dejo hasta con su p… La austriaca también le dice que ella casi no sabe nadar y él promete que cuidará de ambas. Miente. Pese a que la austriaca está más buena que yo, el tío se rinde a mi voluptuosidad y pasa un kilo de la austriaca que se vuelve enseguida sola a la playa, cabreada como una mona. Yo me alegro, y no por quedarme a solas con mi amante bandido negro, sino porque la tía le metía unas hostias a los corales con las aletas que me estaban poniendo malísima. Y es que allí los cuidan bien poco. Es más, nos insistía a todos para que los tocáramos, algo que, desde luego, no se debe hacer, y mucho menos ponerse de pie sobre ellos con las aletas, como hacía la austriaca que odiaba el mar.

Medusa a punto de atacar a Soraya

El hecho de tener al guía prácticamente para mí solita hace que vea muchos más bichos que el resto. Me señala una langosta entre las rocas… ¡y otra! Y un pez enorme de colores, y una concha gigante que se cierra cuando la toca, y…¡un tiburón! y otro tiburón, y otro tiburón… ¡Así hasta cinco! La verdad es que no me asustan los tiburones, me asusta más el que llevo al lado, que cada vez se toma más confianzas… Pero bueno, de momento estoy dispuesta a soportar un ligero magreo a cambio de no perderme ninguno de esos tesoros marinos… Entonces, llega un momento tan absurdo como embarazoso. El tipo se sumerge, coge algo del fondo y me lo pone en la mano: un pepino negro de mar… En fin.

No paran de salir peces increíbles por todas partes, pero empiezo a sentirme muy cansada, por todas las horas que llevamos nadando. Pero lo que de verdad me agobia es pasar a centímetros de distancia de los corales, que están altísimos. Me aterroriza golpearme contra ellos. En las Islas Gili, en Indonesia, me di con  un coral en una rodilla y se me ha quedado la cicatriz. Aquí son mucho más grandes y están mucho más altos. Además hay una corriente muy fuerte. Le digo al tipo que me quiero salir, pero él me vuelve a meter una y otra vez. Ya casi enfadada le digo que me salgo, que no puedo más. Y por fin me saca, no sin volver a ponerme otro pepino de mar en la mano… En fin.  Ya en la orilla me empieza a echar agua y me dice que me abra la braguita del biquini para refrescarme. Le mando a escardar, total, mi vida ya no depende de él…

Soraya me dice que lo ha pasado un poco mal, que la corriente era muy fuerte y que le ha costado mucho salir. La pobre se ha metido en otro banco de medusas urticantes. Le digo que a mí las medusas no me han atacado, pero que he tenido otros tentáculos a mi alrededor también…

A las dos de la tarde desembarcamos en Uppuveli.  La excursión tenía que haber terminado a las doce y media. Sospecho que he tenido algo que ver en la excursión haya sido tan larga.

Comemos en uno de los pocos restaurantes de la playa spaguetti carbonara al estilo Sri Lanka y chop suey vegetal. Y de ahí al mar. Las olas son geniales y nos lo pasamos pipa saltándolas y dejándonos empujar por ellas. ¡Estamos en el paraíso! En el hotel nos damos cuenta de cómo nos hemos quemado el culo haciendo snorkel. Las más de cuatro horas con el culo al sol nos lo han dejado como un tomate. Hay un documento gráfico que así lo atestigua y que, desde luego, no pienso subir.

Por la noche salimos con la linterna a la playa. Decenas de cangrejos corren por delante de nosotras a medida que vamos avanzando. Nos sentamos a cenar en el Fernando´s. Me pido un coco que me sienta como el culo. El plasta de las excursiones del día anterior se vuelve a sentar con nosotras y nos vuelve a insistir en que nos tomemos arrak con él. Claro, su compañero, el guía brasas de la mañana, le habría contado lo bien que me quedaban los pepinos de mar en las manos… Afortunadamente, cuando llegó la cena se marchó.

Yo empecé a sentirme mal. No habíamos parado en todo el día y me había dado mucho sol… y ese coco maligno me había rematado. Entonces llegaron las alemanas y la pareja de austriacos de la mañana y nos invitaron a subir con ellos a la parte de arriba del chiringuito a tomar algo. Yo estaba muriendo pero accedí. Una de las alemanas, que era una seta, nos invitó a probar algo misterioso que no había probado nunca y que le fascinaba, un vegetal extrañísimo que resultó ser un puto rábano. A nadie más le gustó.

La austriaca, que además del mar odiaba las verduras, comenzó hablando de comida y no sé cómo, terminó hablando de la crisis. ¡Dios, estoy perdida, la conversación favorita de Soraya! Empiezo a sentirme febril y cada vez que se nombra a Rajoy o a la Botella me sube una décima, dos cuando se menta a la Cospedal. Me quiero morir. Le digo a Soraya que me voy, pero me dice que me espere. Y cada vez tengo más ganas de potar. No aguanto más y por fin consigo que nos marchemos al hotel. Los cangrejos siguen corriendo a nuestro paso. Por fin me meto en la cama. Me espera una mala noche.

4 comentarios

  • Responder Anónimo 24 noviembre 2013 a las 9:44 pm

    Estaría bien saber el nivel de quemaduras por el Sol cuando se hace snorkeling. ¿Tenéis alguna foto al respecto?

    • Responder Eva 24 noviembre 2013 a las 9:55 pm

      No para tí, Iker

  • Responder Ismael Alonso 5 diciembre 2013 a las 9:49 am

    A mi señora, haciendo snorkel en Aqaba también le tocó un guía sobón. Pero era eso o perecer ahogada… Y si ella también se hizo un corte en el talón con un coral y le dejó cicatriz forever and ever.

  • Responder Eva 7 diciembre 2013 a las 7:53 pm

    Los guías submarinos de tanto de estar en el agua se convierten en pulpos

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