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Diarios de viaje Sri Lanka

Diario de Sri Lanka – Capítulo 3 (Uppuveli y Trincomalee)

12 noviembre 2013

Suena el despertador. Son las cinco de la mañana. Debemos estar a punto de llegar a Trincomalee. El asiento del tren es incomodísimo y he dado mil vueltas, pero aun así he conseguido dormir algo. Con más de media hora de retraso llegamos por fin a nuestro destino. De nuestro vagón baja una chica rubia. Le preguntamos que a dónde va y como se dirige a Uppuveli, justo al hotel en el que pensábamos quedarnos, le ofrecemos compartir tuk tuk. Regateamos con el conductor y conseguimos que nos lleve a las tres por 300 rupias. Pero nuestro tuk tuk no arranca. Así que el pobre hombre se queda con las ganas. Cogemos otro y en unos diez minutos nos deja en la maravillosa playa de Uppuveli, que está a sólo seis kilómetros de distancia. Nilaveli también tiene otra joya de playa y está un poco más lejos, a 14 km. Estas dos playas han estado vetadas hasta hace muy poco a los extranjeros, ya que sus alrededores eran tomados cada noche por los guerrilleros del LTTE (Los Tigres de Liberación del Eelam Tamil).
La holandesa lleva reserva y aunque el hotel está cerrado, el vigilante de le deja entrar en su habitación. Le pedimos que nos guarde las mochilas hasta que encontremos alojamiento. Son las seis de la mañana y hasta las ocho todo va a estar cerrado, nos deja claro el vigilante. Así que mientras la holandesa se va a dormir, nosotras caminamos hacia la playa para hacer tiempo y ver amanecer.

En la playa de postal hay muchos perros vagabundos y ¡también vacas! Nos la recorremos entera, pero no hay manera de desayunar en ningún lado. Todo lo que hay, que no es mucho, está cerrado.
A las siete y media le rogamos al vigilante del Palm Beach que nos deje esperar al dueño sentadas dentro del recinto. El tipo aparece a las ocho y pico. Es italiano, feo y muy borde. Nos mira mal y nos dice que está el hotel está lleno, de forma muy sobrada y desagradable. Le pido reservar la cena, porque he leído que la comida está bien y que hay que apuntarse con tiempo, y me dice de muy mala manera, el gilipollas, que primero están los clientes, y que si alguno no quiere cenar que entonces podríamos intentarlo. Que se meta la pizza por el culo.

El tsunami de 2004 mató a 30.000 personas y obligó a más de un millón y medio a desplazarse

Miramos en el de al lado, el Coconut Beach Lodge que tiene mejor pinta, pero también es más caro. El recepcionista es majo y se muestra dispuesto a regatear hasta que aparece una parejita con niño y entonces pasa de nosotras olímpicamente. Prácticamente nos deja con la palabra en la boca. Así que nos largamos también. No hay nada peor que te nombren en la Lonely Planet para que de repente te vuelvas gilipollas y trates a los clientes como si les estuvieras haciendo un favor. Enfrente hay un hotel feucho por fuera, donde finalmente nos quedamos, el Shiva´s. Buenos precios y personal agradable.

Después de instalarnos y darnos una ducha, desayunamos en la terracilla que tiene el hotel frente al mar, huevos fritos, con tostadas con mermelada y mantequilla y un zumo, bajo la mirada acechante de los cuervos que están esperando un descuido para lanzarse sobre la comida. Y de ahí directas al agua. ¡¡¡Qué gusto!!!

Después de hacer unas cuantas zetas en la playa, nos acercamos a ver a los pescadores. Hay un montón de hombres tirando de una enorme red.

Como una alfombra viva sobre la arena, sobre su trampa saltan decenas de peces plateados en un intento por escapar. Algunos son liberados, pero acaban en el pico de los cuervos que los cazan en el aire. Otro chapuzón.

Como no podemos parar quietas cogemos un tuk tuk a Trincomalee. No tenemos mucha idea de a dónde ir, así que le indicamos que nos deje en la fortaleza Frederick, creada por los portugueses y reconstruída por los holandeses. Para entrar a la fortaleza hay que pasar un arco que conserva un escudo holandés del siglo XVII, pero los militares no permiten fotografiarlo. Dentro de los muros del fuerte hay una enorme base militar. Pero no nos sentimos incómodas en ningún momento. Hay ciervos, monos negros de cara blanca (que atacan a los ciervos) y loritos en los árboles.

Todo parece muy tranquilo y da cosica pensar que Trincomalee estuvo en guerra hasta mayo de 2009. Trincomalee sufrió mucho en la guerra civil y todavía se está recuperando para el turismo. Desde hace poco tiempo se puede visitar con total garantía de seguridad.

El tuk tuk nos deja en medio de una larga cuesta muy empinada de la que no vemos claro el fin. Hace un calor horrible. Nos indican que al final de la cuesta hay un templo, pero hace demasiado calor para subir, y desde lejos no parece gran cosa. Nos tomamos unos refrescos y hablamos un poco con unos militares que saben muy poco inglés.
Nos damos la vuelta y vamos a la ciudad, que está semidesierta y con muchas calles levantadas por las obras. Tenemos hambre pero no vemos ningún restaurante, ni tiendas ni nada. Por fin encontramos uno con buena pinta que viene en las guías. Comemos regular… tirando a mal. Bueno, al menos nos ha quitado el hambre. Volvemos paseando por la Dutch bay y yo le dejo claro a Soraya que me niego a volver andando hasta el fuerte. Cogemos un tuk tuk y volvemos hasta fuerte :) y le decimos que nos deje lo más arriba posible.
Después de descalzarnos entramos en el templo hinduista donde asistimos a una ceremonia. El templo en sí no merece mucho la pena pero está sobre un acantilado con vistas preciosas a las dos bahías que quedan a ambos lados, donde se ven a lo lejos decenas de barquitos meciéndose en el mar.

Tras de un duro regateo, cogemos un tuk tuk a Uppuveli por 200 rupias. Se ha hecho de noche. En el hotel, cogemos la linterna para no pisar ninguna plasta de vaca en la playa donde cientos de cangrejos corren que se las pelan cuando sienten que nos acercamos.

Cenamos en el Fernándo´s, el restaurante playero con mejor pinta de la playa y allí mismo contratamos excursión a la isla Pigeon, donde haremos snorkel.

El tipo encargado de las excursiones se nos sienta en la mesa y nos da la plasta largo rato, pese a que ya le hemos comprado la excursión. No nos importa hablar, pero cuando se agota un tema se nos queda mirando fijamente y nos pregunta recurrentemente que si bebemos y que si nos gustaría probar el arrak, el licor de allí que más adelante descubriríamos, te ponen cuando pides ron, en todas partes y sabe a infierno. Arrak, arrak… ¡tú lo que quieres es que me coma el tigre!

Después de cenar una hora después de haber pedido la comida (sí, los camareros de Sri Lanka pueden presumir de ser los más lentos del mundo) y de jugar con la gatita naranja que vive en restaurante, volvemos a asustar a los cangrejos de camino al hotel.

Nos acostamos. Mañana nos esperan muchos peces de colores y algo que no esperamos: tiburones.

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