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Uzbekistan

Ruta paso a paso por Uzbekistán

3 julio 2013

Esto no es un relato de viaje, sino un resumen con información práctica de nuestra ruta por Uzbekistán.

Madrid – Tashkent (noche volando)
Cogimos el vuelo semanal directo que Uzbekistán Airways tiene desde Madrid. Desde el cielo vimos el enorme desierto de Kyzyl Kum y las huellas de sal de donde antes hubo mar. Las vistas son únicas y espectaculares.

Tashkent
Llegamos temprano a la capital Uzbeka, preparados para aguantar una larga cola en inmigración, porque habíamos leído que eran tremendas, pero lo cierto es que no esperamos ni un minuto. Tampoco tuvimos que esperar apenas por las mochilas, ni tuvimos que mostrar todo el dinero que llevábamos encima a la autoridad competente (todo eso nos habían advertido que podía ocurrir).

Bazar de Chorsu

Bazar de Chorsu

Regateamos un taxi al mejor postor y nos subimos en el de un tipo simpático, que nos pidió sólo 2$ por la carrera hasta la Mirzo Guesthouse. Tras dejar las mochilas en el hostel salimos al bazar de Chorsu. Allí te das cuenta de que las fotos de las guías de la típica señora con una sola ceja y todos los piños de oro no es la excepción, sino la regla. Y también descubres de que por muy mal que combines la ropa que te hayas traído, en Uzbekistán siempre te sentirás elegante y marcando tendencia… Si te has dejado la epilady en casa tampoco sufras, nadie lo notará aquí.

En Chorsu comimos en una terraza nuestros primeros pinchos de carne, los primeros de una larga lista, y entablamos conversación con una chica uzbeka que hablaba inglés, cosa extraña, y lo que es aún más extraño, vivía habitualmente en Corea.

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Tashkent, capital del romanticismo

En las inmediaciones del bazar te ofrecerán constantemente cambiar dinero en los mismos morros de la policía. Te recomiendo que cuentes los billetes, pese a que sean muchísimos. A nosotros nunca nos timaron pero puede que te toque a ti el listillo de turno.

Después visitamos el metro de Tashkent, el orgullo de la ciudad, primer suburbano de Asia Central, que a ellos le gusta comparar con el metro de Moscú. Salvando las distancias, merece bien la visita, aunque no podrás tomar fotos. Eso sí, está muy mal iluminado, y esto es extensible a todas los monumentos turísticos de Uzbekistán. Nos llamaron mucho a la atención las vigilantes de las escaleras mecánicas, con su casetita de vigilanta, su uniforme y su teléfono sin números para avisar a las más altas instancias de la planta sótano de cualquier percance.

En la estación de tren compramos los billetes a Samarcanda, después de que los paisanos se nos colaran de dos en dos, sin ninguna contemplación. Eso sí, la taquillera los mandó a todos a escardar a la hora de su descanso para comer pero a nosotros nos dio los billetes. Ser guiri a veces tiene sus ventajas.

Paseamos por Taskent y nos dimos cuenta de lo sobre dimensionada e incómoda que es esta ciudad para quién se mueve andando. En Taskent todo está lejos y los paseos son aburridos. Todo está impecablemente limpio y hay muchísimos árboles, pero no hay vida en las calles, ni apenas comercios, ni bares… Las avenidas son enormes y la mayoría no ofrecen más atractivos que una serie de edificios modernos grandilocuentes, de inspiración griega la mayoría, muchos vacíos. Taskent quiere ser una ciudad elegante, pero resulta pretenciosa, impersonal, fría y aburrida. Y que conste que no me pareció fea, ¿eh?

Después de visitar unos mausoleos que nos costó encontrar, y de tomarnos algo en la terraza del Barlos (restaurante con vocación occidental), pasamos la tarde en un parque muy agradable, y como todo en Tashkent, enorme. Cenamos en el National Food, un lugar no apto para vegetarianos, donde fue complicadísimo hacernos entender, ya que no había cartas y nadie hablaba inglés, ni tampoco platos expuestos o fotos de los mismos, sólo unas ollas y pero los gigantes llenos de carne, grasa y patatas.

Intentamos coger un taxi de vuelta al hostel pero todos iban llenos o no paraban, así que el paseo nos bajó la indigesta, pero sabrosa cena.

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Samarcanda
Al día siguiente salimos para Samarcanda en tren. Nos dieron asientos separados así que compartimos compartimento con una señora encantadora que nos debió de ver famélicas (jajaja) porque nos dió toda la comida que llevaba encima, además de regalarnos un lápiz de ojos y un espejo. Le invitamos a té y le regalé un frasquito de colonia, como agradecimiento, y con gestos nos hizo saber que teníamos abiertas las puertas de su casa, pero no nos pillaba de camino. Le debemos una postal de Cristiano Ronaldo a su nieto… Por su puesto no hablaba ni palabra de inglés, pero aún así, fuimos capaces de comunicarnos.

Mujer con mostacho haciéndole ojitos a Iker

Mujer con mostacho haciéndole ojitos a Iker

Al llegar a Samarcanda esquivamos a los taxistas más ambiciosos hasta dar con el precio justo. Nos dejó en nuestro hostel donde por fin, hablaban inglés mejor que nosotros.

Enseguida nos fuimos a ver el Registán. Espectacular, impresionante, precioso y atestado de gente porque era domingo. Evitad los domingos y lo disfrutaréis mucho más.

Samarcanda tiene mucho más que ver que el Registán. No voy a enumerar aquí las visitas, porque para eso están las guías, pero os diré que la ciudad bien merece dos o tres días.

Pese a ser la ciudad turística más importante, Samarcanda aún tiene poco que ofrecer al turista en cuanto a restauración y diversión se refiere. Hay poquísimos restaurantes y cuesta encontrarlos. Cerca de Gur-e Amir hay un local con terraza de inspiración occidental donde nos intoxicamos. Avisados quedáis.

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Los Tamerlanes

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Sharkhisabz
No está lejos de Samarcanda pero se tarda bastante, porque hay un buen puerto que subir. Sólo el viaje merece la pena, porque el paisaje es precioso e sorprendentemente verde. Fuimos en taxi compartido, que nos dejó en las puertas de la ciudad y ahí cogimos una masruta que nos llevó al centro.

No podemos ser objetivos con Sharkhisabz, porque el día que fuimos hacía un calor de mil demonios y estábamos muriendo. Además nos encontramos con la ciudad levantada por las obras, así que parecía que había estallado un obus. Esto es muy uzbeko, hacer todo a la vez y que las obras se eternicen durante años. Así que, como os podéis imaginar, Sharkhisabz no nos gustó mucho, porque es de esos lugares donde tienes que imaginarte como fueron, y, la verdad, no teníamos el día. Desde luego la única visita prescindible para mí, de todo lo que vimos.

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Lo poquito que queda del palacio de Tamerlán

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Bujara
Viajamos desde Samarcanda a Bujara en tren, en un Sharq sin aire acondicionado y llegamos sudando como pollos. Eso sí, fuimos amenizados durante el trayecto con dos dramas uzbekos en las pantallas que los paisanos seguían sin pestañear.

En Bújara nos cogió un taxísta jeta, que tras ofrecernos el mejor precio para la carrera, después se lo quiso cobrar con creces en concepto de comisión en el hotel. Como conocíamos los precios de las habitaciones de antemano y nos pidieron exactamente el doble, nos marchamos ofendidos y salió detrás ofreciéndonos llevarnos a nuestra segunda elección, que curiosamente estaba en la otra punta de la ciudad. No le hicimos caso, y nada más cruzar la calle nos encontramos de frente con el hotel.

Bujara es la más agradable de todas para quedarse hasta tres días, bien agusto (nosotros nos quedamos cuatro porque yo me puse enferma). Tiene más oferta de restaurantes, tiendas y colmados. Los taxistas aquí abusan, así que no os dejéis. Si uno os pide demasiado seguid probando suerte. No tardaréis en encontrar al conductor honesto que os llevará por un precio justo.

La ciudad es preciosa y el mejor lugar para comprar algún recuerdo. La entrada de algunos monumentos permite que puedas volver al día siguiente si quieres.

Los anocheceres en Bujara son de cuento.

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Jiva
A Jiva se suele llegar por la carretera infernal que tienen. El viaje es muy largo, tedioso e incómodo, así que si podéis cuadrar el itinerario, como hicimos nosotros, y coger el tren semanal nocturno que sale los miércoles, os ahorraréis una buena paliza. Jiva es preciosa y pequeña, pero tiene mucho que ver dentro de su muralla. Con dos días puedes verlo todo con calma.

Contratamos un conductor en Jiva para que nos llevara a Moynak, Ayaz Khala y nos dejara de vuelta en Bujara. Lo hicimos a través del dueño de un hostel. Lo preferimos al buitre de Izzat, un tipo que habla español y que nos abordó, al oirnos hablar, de forma muy grosera mientras tomábamos té en una terraza de la calle. Nos dió la chapa durante 15 minutos para que fuéramos con él a Moynak. Le dijimos que ya habíamos quedado con otro conductor y entonces nos sometió a un tercer grado inaceptable. Nos preguntó cuánto le íbamos a pagar, cómo se llamaba el conductor, cómo era físicamente, cómo era el coche, a qué hora íbamos a salir y de donde y trató de amedrentarnos diciéndonos toda serie de gilipolleces para que le dejáramos tirado (que si iba a ser un coche de mierda, que si podíamos tener un accidente, que si nos íbamos a quedar sin ver todo lo que había que ver, etc) y nos fuéramos con él. Me pareció un comportamiento mafioso. Así que lejos de recomendarlo, sólo puedo decir que le deis la oportunidad al resto de locales, aunque no hablen español ni inglés. Nuestro conductor no hablaba más que tres palabras en inglés, pero fue muy simpático y agradable y nos paró en todos los sitios y nos consiguió un buen descuento en Ayaz Khala, ya que era amigo de Rano, la dueña.

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Moynak
El viaje a Moynak es una paliza, porque está lejos y la carretera es infernal, pero a nosotros nos mereció la pena ser testigos de uno de los desastres ecológicos más graves del siglo XX. La visita resulta muy deprimente y te revuelve muchas cosas por dentro. Creo que es un lugar que debería ver todo el mundo, para tomar conciencia de cómo nos estamos cargando el planeta.

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Ayaz Khala
Llegamos con la puesta de sol más bonita que habíamos visto en años. El campamento estaba vacío, éramos los únicos huéspedes, pero eso no importó. Quizá, al estar tan cerca de la carretera no tiene tanto encanto como dormir en el desierto de Wadi Rum, por poner un ejemplo. Pero dormir en las yurtas, que son muy bonitas y acogedoras, tiene también su aquél, y mucho más salir en plena noche a mirar las estrellas. Dormir en una yurta no es barato, pero merece la pena la experiencia. Para los menos aventureros, os diré, que además de estar muy limpias, tienen luz. En el exterior hay duchas. Ojo con el vodka que te ofrecen en la cena, te puede dejar KO.

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6 comentarios

  • Responder Carola 3 julio 2013 a las 10:10 am

    Pues va a ser que está muy muy bonito… te seguiré leyendo!!!

  • Responder Eva 3 julio 2013 a las 11:03 am

    Luego subiré más fotos

  • Responder soraya :::vaninka.com::: 3 julio 2013 a las 11:15 am

    Fotos del desierto de Aral!!!

  • Responder Draz 3 julio 2013 a las 11:36 am

    Un relato muy interesante Eva!

  • Responder Anónimo 3 julio 2013 a las 5:27 pm

    Un saludo desde Bukhara! Tu blog me está siendo de utilidad 😎

  • Responder Elena Rodríguez 25 octubre 2013 a las 2:33 pm

    Que chulo!!!!!!!!! Apunto este viaje en mi lista de próximo destino….

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