Hanoi
Diarios de viaje Vietnam y Camboya

¡Y yo sin mi agente naranja! 9

9 agosto 2007

55 días en Hanoi

Son las cuatro y media de la mañana. Las coreanas dejaron de roncar, se levantaron y recogieron sus cosas. Eso nos indicó que faltaba poco para llegar a Hanoi. Bajamos del tren con los ojos pegados y con una empanada mental de escándalo y vamos a buscar un taxi… ¡Como para andar a esas horas por Hanoi! Muchos taxis esperaban  como buitres acechantes. Uno nos pide una cifra como para hacerse un adosado en Manhattan. Nosotros, que estábamos un poco quemaditos de los taxistas, casi le mandamos de vuelta a Sapa pero de una patada en el culo.  Y el tío venga a perseguirnos: “¡Qué no!”. Le preguntamos a otro conductor y entonces el taxista jeta, que se quería hacer rico a nuestra costa, le hace un gesto. Fue todo un detalle para nosotros que no dominamos el idioma vietnamita, que le indicara con los dedos la cantidad que tenía que pedirnos… ¡Hay que ser tontolaba!. Nos descojonamos y el tío debió caer en su estupidez y se retiró derrotado. El otro taxista aceptó el precio justo hasta el hotel.

Desde el taxi, aunque mirábamos por la ventanilla, no veíamos Hanoi… ni nada. No había farolas, no había escaparates encendidos, ni luces de ningún tipo. Oscuridad total. Pensamos cómo habría sido intentar volver al hotel a pie, cosa que Nacho, con su habitual absurdez, sugirió al principio. Ahora se alegra de haberse dejado meter en el taxi y conservar todos sus órganos. Llegamos al hotel. Al menos eso creíamos, porque la calle también estaba sumida en la más absoluta e inquietante oscuridad. Estaba cerrado a cal y canto, con la chapa echada y todo. Dimos unos golpes y nos abrió un chino soñoliento, cuyos ojos eran como una puñalada en un tomate.Nos prestó una habitación para cambiarnos y ducharnos. Nos echamos unas siestinas por turnos (siesta a las 7 de la mañana, ¡manda cojones!) teniendo cuidado de no guarrear mucho las camas para que no nos hicieran pagar por la habitación. Al cabo de un rato, Da vino para ver qué era de nosotros. Iker se acababa de dar cuenta de que había perdido el móvil en el tren fantasma. Así que cuando bajamos a recepción, toda la furia española cayó sobre el Da, que no entendía esa avalancha de reproches de esa panda de zombies con cara de haber padecido torturas durante lustros. Cuando consiguió reconstruir la historia, dijo que tenía que llamar para comprobar nuestra versión de los hechos. Cuando le dijimos lo de los seis millones de dongs que nos cobró el de Sapa por el taxi casi se le desachinan los ojos.

Una vez hecha la ronda de acusaciones y reclamaciones, aunque no confiábamos en recuperar la pasta, nos fuimos a desayunar a un sitio con buena pinta que parecía más para guiris que para paisanos. Pero las camareras no hablaban inglés y encima era el primer día para una de ellas y nos la lió parda. Tuvimos hasta que deletrearle la palabra “bacon”. Pero eran majas y se lo perdonamos y comimos de puta madre.

En la Diên Hựu tự o Liên Hoa Đài o la pagoda del pilar único, que es más fácil

Volvimos al hotel para ver como iban las gestiones de la estafa sapera. Nos esperaba una sorpresita meteorológica de gran calibre, nada menos que un tifón, que respondía al nombre de ¡Pabuk! Nos lo comunicó Da: “Hanoi está incomunicado. Se han cerrado carreteras, ferrocarril y aeropuertos por culpa de un tifón”. Por supuesto, no le creímos, y no sólo porque culturalmente emplear un tifón como excusa nos parezca, cuanto menos, excesivo. Pensamos que era una sucia artimaña para retenernos más días en su hotel y tal cual se lo dijimos. Pero se nos olvidaba que los vietnamitas no saben bromear. Así que Da, nos dijo que lo miráramos en internet. Iker tardó dos nanosegundos en meterse en google en uno de los pcs del hotel y efectivamente, Pabuk existía, ¡ya lo creo que existía!, y estaba muy enfadado. En su furia había matado hasta el momento a treinta y tantas personas, aunque llegarían a ser más de ochenta. Flipamos y nos acordamos de nuestras familias. Y nos preguntamos si los informativos nacionales tendrían a bien de informar de algo que sucede tan lejos. Pero lo peor de todo no era la posible angustia de nuestras familias… lo peor de todo es que ¡¡¡estábamos atrapados en Hanoi!!!

Nos dejamos llevar por la desesperación y descubrimos que no había manera humana de salir por tierra, mar o aire hasta dentro de 3 días en el mejor de los casos. La buena noticia es que nos devolvían la pasta del taxista de Lao Cai, lo que suponía tener pagadas las dos noches siguientes en el hotel. Lo comido por lo servido. Parecía que Da había invocado al tifón para que pese a todo nuestra pasta se acabara quedando en casa.

Hacía un calor insoportable. El aire pesaba y la humedad era agobiante. Costaba hasta respirar. Nos fuimos a ver la city, que de hecho era lo que teníamos planeado para ese día. Cogimos un ciclotaxi y nos fuimos a presentar nuestros respetos a Ho Chi Minh. Pero cuando llegamos, el mausoleo ya estaba cerrado (sólo abren de 8 a 11, no sea que el difunto se fatigue) Así que mamoneamos por los alrededores, aunque había policías con cara de mala hostia por la zona. El museo de Ho Chi Minh estaba al lado, pero no nos apetecía entrar. Había un jardín famoso, donde está la Pagoda del Pilar Único (algo así como la Pilarica de Hanoi). Allí nos encontramos con unos españoles que estaban igual de atrapados que nosotros. Nos dimos las condolencias y buscamos un bareto donde picar algo. Era muy gracioso porque las fotos que tenían en el bar eran de McDonalds, pero por supuesto no era un McDonalds. Tenía dos plantas y nos mandaron a la de arriba, pero había una china que gritaba mucho al hablar y un montón de familiares que le jaleaban. Seguro que estaba contando unos chistes que te partes las bolas chinas, pero a nosotros nos estaba poniendo la cabeza como un bombo. Pasando ya absolutamente de todas las recomendaciones de las guías, comimos fruta con yogurt y hielo picado. Estábamos dispuestos al suicidio colectivo. Repetimos. También probamos unos batidos extraños envasados que tenían una especie de semillas negras dentro. Estaban muy ricos también.

Soraya con la banda sonora de fondo de la china gritona

Nos encaminamos al centro para ver el famoso teatro de las marionetas de agua. Un perfil conocido, imponente y metálico nos salió al paso. Una gran estatua de Lenin. Es la primera vez que veía un simbolazo así en vivo, coño, y me moló mogollón. Es como la primera vez que ves un Buda. Sabes que hay gente por ahí que le rinde culto, pero te parece cosa de cuentos (chinos).
Extenuados por el pesadísimo calor, entramos en un parque donde se notaban unos cuantos grados menos. Los árboles eran enormes y buscamos los tres metros cuadrados más frescos entre dos árboles. No es coña, si te movías un poco en otra dirección hacía más calor. Eran árboles mágicos, estaba clarinete.

Repuestos, continuamos a pie atravesando todo el centro, como el tren. Entramos en un restaurante “caro” de comida vietnamita para occidentales. Estaba todo muy rico, pero lo que más nos sedujo fue el fortísimo aire acondicionado. Un tipo desde la calle nos hacía señas y nos enseñaba libros. Al final Nacho le compró “Life of Pi”, por un precio ridículo. Al abrirlo descubrió, cómo no, que se trataba de otra falsificación, a las que son tan aficionados los vietnamitas. Eran fotocopias y algunas páginas estaban repetidas.

Nos sorprendió ver que teatro estaba petado, tuvimos que comprar los tickets para el día siguiente y nos quedamos muy frustrados. Allí nos encontramos con más españoles. ¡Qué invasión! Frente al teatro estaba el lago Hoan Kiem y en él, un puente rojo precioso (Cầu Thê Húc o puente de la bienvenida a la luz del sol). britneyEl puente conduce al Templo de la Montaña de Jade o Đền Ngọc Sơn dedicado a Confucio (el que inventó la confusión), en el centro del lago. Pero no entramos porque había que pillar las entradas al principio del puente y no nos apetecía dar la vuelta otra vez. ¡Qué vagos, diox! En el centro, en la calle del gremio de los artistas sepultureros  (no es coña, existe) nos llevamos un disgustazo: ¡¡¡Britney Spears ha muerto!!! Tendremos a Britney en nuestros corazones siempre, snif.

Y se puso a llover, así que aprovechamos para entrar en una cafetería que nos prometía muchas occidentalidades. El camarero era un mozo muy simpaticón que hablaba poco inglés pero que nos contaba que trabajaba para pagarse la universidad y demás, y nos hablaba de fútbol. El pobre, nos mencionó el Real Madrid y pusimos cara de “?”. Se quedó todo frustrado.

Volvimos al hotel, a reposar un poquito y conocimos a una española muy majetona: María. Ella vivía en el interior de Cataluña, en una masía, que compartía con unas colegas. Viajaba sola y era muy simpática e interesante. Debía tener unos 35 años o así. Quedamos con ella para salir de cervezas por la noche.

La caída de la noche en Hanoi es apasionante. Se empiezan a encender las luces de las tiendas y todo el mundo saca los cojines y las esterillas para ponerlos en la puerta de su casa y cenar con su familia y amigos. Las aceras están abarrotadas y no se puede apenas pasar. El olor de los puestos de calamares secos se mezcla con el de la sopa, las verduritas hechas al wok en hornillo en plena calle y es genial ver a todo el mundo cenando en el suelo, abuelos, primos, nietos…

Salimos con María a cenar y dejándonos guiar por la Lonely Planet, dimos con un bar donde ponían cerveza a un precio más que absurdo: 4000 dongs el vaso (0.20 cts y era más generoso que nuestra caña) y encima… ¡¡¡tenían perro en el menú!!! Yo me aberré, pero Iker es muy macarra y no podía pasar sin probarlo. Yo tenté la suerte de pedir unas verduritas salteadas y la ruleta rusa me explotó en la cara al recibir nuevamente un plato de jodidas espinacas de agua. Eva fue feliz porque pidió una baguette y yo fui feliz porque me bebí su cerveza, la mía y unas cuantas más y estaban de puta madre. No probé el perro, me pareció que no iba a poder vivir habiéndome comido a un familiar de Scooby Doo, y además, ¡tenía mazo de grasa! Pero Iker y Nacho comentaron que no tenía nada especial. Estuvimos hablando con María de sus viajes. Había estado en la India y nos dijo que teníamos que ir, que era muy impactante. Nos pillamos un pequeño pedillo y volvimos, sobre la medianoche, al hotel. A esas horas, según el plan establecido deberíamos estar en un tren de lujo camino de Hué, pero qué vueltas da la vida, especialmente si la vives en medio de un tifón. Al día siguiente no madrugaríamos: eran nuestras vacaciones de las vacaciones e íbamos a tomarnos un día más que tranquilo.

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