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Vietnam y Camboya

¡Y yo sin mi agente naranja! 8 (1ª parte)

8 agosto 2007

¡¿Qué hora es?! Dime que no es verdad, que están aporreando la puerta a las 5 de la mañana, ¡por diox, por Buda y por las barbas de Confuncio! “¡¡¡Sapa!!! ¡¡¡Sapa!!!”, vocean los revisores vietnamitas, mintiendo, porque a Sapa no llega el tren, y hay que bajase en Lao Cai.

Yo, convencida estaba de encontrarme en Alaska y esperaba ver un montón de perros esquimales tirando de trineos, pero no. ¡En Sapa a esas horas hacía frío! ¡Hasta nos salía vaho de la boca! Entre eso y el aire acondicionado de la dimensión Frudesa yo era lo más parecido a un granizado de Relec andando por las vías. Al salir de la estación nos encontramos a los revisores haciendo el escrutinio de los billetes. Estupendo, nadie nos lo había advertido e Iker se dejó el suyo en el compartimento. Se fue a la carrera a por él mientras los amables vietnamitas nos ladraron que nos quitáramos de la cola. Iker llegó con el billete, pero una vez más se dejó el agua.

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Salimos y vemos un tío con un cartelito donde pone “Eva”, y allá que vamos. Nos embuten en un microbus y asistimos al amanecer en los arrozales de la montaña. Si Halong fue una pasada, esto era una preciosidad, con las últimas montañas de la cordillera del Himalaya arañando el cielo y derramándose en mil escalones hasta los valles más verdes del mundo. Estábamos tan alucinados que no podíamos dormirnos, y eso que estábamos moribundos, pero estar una vez en la vida en Sapa es motivo más que suficiente para abrir bien los ojos para registrarlo todo en la memoriaLlegamos al pueblo y nos dejaron en la puerta de un hotel, donde tuvimos un momento de lucidez antes de ir a perdernos por la montaña, y preguntamos por la hora de vuelta y esas cosas. Debió ser inspiración divina, porque gracias a eso nos enteramos de que teníamos incluido el desayuno, la cena y un guía por los arrozales. No teníamos ni idea, y estuvimos a apunto de hacer el canelo y pasar un día absurdo, cuando de repente todo era maravilloso… El desayuno fue un regalo divino, repleto de tortitas, bacon, huevos, miel… Después de la dieta obligada de las espinacas de agua y el arroz blanco, aquello nos pareció el paraíso. Tras el opíparo desayuno, nos ofrecieron la posibilidad de cambiar nuestro billete y coger el último tren, para aprovechar mejor el día. Les dijimos que sí, confiamos en su buen hacer (mal hecho, ya lo veréis) y nos marchamos.

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Sapa es un sitio bullicioso, lleno de turistas locos por el trekking y de vietnamitas de varias etnias diferentes locos por venderte sus artesanías. Nada más poner un pie en la calle, te verás rodeado de las niñas H-mong (el nombre de la etnia, que desde ahora serán las “jamonas”) con sus trajes oscuros teñidos de índigo, que tiene pinta de quedarse en todas partes, pero ellas son previsoras y sólo tienen ropa de ese color, claro que como tampoco tienen lavadoras les daría igual). Los dedos los tienen azules, azules. Son muy graciosas. Te preguntan el nombre y te hacen prometerles que les vas a comprar a ellas “you pay me”. Te siguen, te atosigan y luego llegan sus madres a tomar el relevo. Paseamos por el pueblo seguidos por una horda geriátrica precoz (ninguna tendría más de 45 aunque aparentaban 79 mínimo) hasta que dieron las 9, hora a la que habíamos quedado con el guía. Como una de las niñas me había caído tan bien, decidí regalarle un bote de pringles para que las compartiera con sus amigas. Se llamaba Bambú, y cuando pregunté por ella en la puerta del hotel ya no estaba, se había “ido de trekking” con otro grupo de turistas. ¡Pobre Bambú! Así que empecé a hacer reparto humanitario de pringles entre toda la etnia h-mong que pasó de tener los dedos azules a tenerlos naranjas. Y así estaba de entusiasmada que no me fijé por donde iba y pisé la chancla de una mujer h-mong que tenía delante de mí. La mujer tropezó, yo trastabillé, y por no caerme encima de una mujer de metro y medio provoqué que todas las pringles volaran por los aires, dejando una fea mancha naranja en el suelo de Sapa que se veía desde el satélite ASTRA. Estos se descojonaron y la mujer también, y después salió huyendo en busca de otros guiris menos patosos. Echamos a andar por la carretera que bajaba al valle, acompañados de unas 6 mujeres jamonas que trataban de vendernos toda clase de artesanías. “Yes, fifty?”.

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El guía llevaba un casco como de explorador, como muchos vietnamitas, y se reía un montón. Nos enseñó los bambús, que crecen a un ritmo vertiginoso, los arrozales y las plantaciones de marihuana. Todo ello era una auténtica preciosidad y nos tenía maravillados. Unas vistas tremendas, un tiempo genial, gente majísima, comida estupenda… era tan maravilloso que nos sentíamos en otro país.

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Y el guía decidió hacer un alto y paramos en un chiringuito con un mirador. Llevaba una mochila enorme y de repente sacó plátanos para nosotros. ¡Qué gracioso! Iba cargado con nuestro picnic el pobre hombre! Le invitamos a un refresco y tratamos de entablar comunicación con los del chiringuito, que era imposible, pero vimos algo sorprendente: vimos EL PEPINO. ¿Cómo es posible que las cosas crezcan tanto en este lugar mientras que la etnia h-mong era tamaño Legoland?

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Y por fin nos adentramos entre las terrazas de arroz, ¡qué chulada! Atravesamos pueblos, vimos pequeños cerditos vietnamitas e insectos enormes, y todo ello siempre acompañados por las jamonas, que ya llevaban unos 4 kilómetros siguiéndonos. Era bastante divertido “If I follow do you pay?”. Te lo decían con una sonrisa, no como en el resto del país. El guía nos dijo que no teníamos ninguna obligación de darles nada sino queríamos, y no llevaban nada que quisiéramos comprar (o al menos no queríamos cargar con ello).

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Vimos las casas de bambú donde no me quiero imaginar el frío que deben pasar en invierno… Pasamos por unos puentes que no eran nada estables (el guía se descojonaba y nos metía por los sitios más chungos). Uno de los momentazos de la mañana fue al salir de un puente. Nacho iba el primero con el guía, y nos habíamos quedado rezagadas Eva y yo haciendo fotos. Salimos del puente y vemos una niña que se aproxima a nosotros… ¡Demonios, lleva una rata muerta sangrante cogida por el rabo como si fuera un péndulo! Chillamos. ¡La niña nos quiere vender la rata! Huimos. Detrás venía Iker que no se había enterado de nada. Nos ve descojonarnos a lo lejos y señalar a algo. Tiene una niña de unos 5 años con una rata en alto en la mano justo delante… ¡pero no la ve!. Nos mira y empieza a mirar a todas partes a ver qué coño estamos diciéndole con gestos. Cuando por fin baja la cabeza y ve a la niña de la rata, pega un brinco que hizo que casi mojáramos las bragas del ataque de risa. Huyó despavorido después del show de maricona que montó.

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Nos detuvimos en un chiringuito a comer. El hombre nos sacó el picnic para prepararnos unos estupendos bocatas de bacon, queso y ensalada y fuimos felices. Fuera del bar nos esperaban las pobres mujeres h-mong o jamonas, aunque por el camino fueron causando baja poco a poco. Rematamos la comida con unos chupitos asesinos de licor de arroz y de postre sandía. ¡Ese guía era un joya y le amábamos mazo!

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Nos adentramos entre los arrozales intentando no meter los pies en el agua con la cantinela constante de la única mujer h-mong que nos quedaba. La jamona no dejaba de darle la chapa a Iker para que le comprara unas telas bordadas por 50.000 dongs. Él se había interesado por el precio unos 8 kms atrás, y es que las mujeres h-mong son tan pequeñas como perseverantes. “Fifty, ok?”, decía ella. Iker replicaba: “No, thirty, ok?“. Ella, sonriente, respondía “Fifty, ok!”. Iker contestaba:“No, thank you”, a lo que ella remataba: “Yes, thank you!”. Y vuelta a empezar una y otra vez. A todo esto, nos metíamos por el barro, saltábamos rocas, pasábamos por corrales… Estaba todo lleno de pavos, pollos y demás, pero, ¿quién dijo miedo a la gripe aviar? A veces tenías que echarlos del camino.

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Entramos en la casa de unas mujeres que estaban trabajando el cáñamo y vimos como lo tejían para después teñirlo de azul. Al final Iker le compró el trapo bordado a la jamona después del enésimo regateo. Tanto esfuerzo al final le fue recompensado, y ella nos abandonó, con su cestillo y su paraguas, contando las monedas…

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Atravesamos varias terrazas y cogimos un caminito de barro, donde nos encontramos con este bicharral. Saqué un paquete de kleenex para que se percibiera su tamaño cuando el bicharral empezó a subirse al paquete. Yo, diooox, no!! Mis pañuelos!!! Y esperando a que se bajara, llegaron 2 niños, nos miraron y va uno, coge con las manos a este prodigio de la naturaleza ¡¡¡y viene a dármelo!!! Casi muero del ictus de pavor que me dio. Agarré mi pobre paquete de kleenex ultrajado y salí corriendo dando alaridos. El guía volvió a descojonarse. Yo me sentí como Sant Jordi luchando contra el dragón, sólo que una retirada a tiempo es una victoria.

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Posado robado

Continuamos con el trekking y visitamos el lugar donde teñían de índigo las telas (temimos volver convertidos en pitufos), un molino, y donde se elaboraban y secaban los inciensos. Había sido una mañana espectacular (debían ser las 3 de la tarde como mucho) y volvíamos contentos mientras veíamos a los niños bañándose con los búfalos de agua en el río. Nos despedimos del guía, que nos advirtió de que teníamos que estar a las 5 en el hotel para cenar. Pero antes dimos una vuelta por el pueblo, aunque estábamos cansadísimos. En el mercado Nacho decidió hacerse con un licor de cobra y con un cerdito hucha hecho de coco. Iker no contento con su trapo bordado, se compró 2 cojines por un precio absurdo también. Estaba aberrado porque le habíamos puesto un nuevo mote, y es que le perdimos y nos pusimos a gritar “¡Iker, Iker!” y un vietnamita que tenía un puesto donde vendía barajas llenas de mujeres desnudas empezó a gritar “Chicken, chicken!”.

Luego Iker y yo nos compramos 2 estandartes bordados súper chulos. Lo que Iker no sabía es que el suyo traía regalo. Lo descubrió cuando meses después de tenerlo colgado aparecía un misterioso montoncito de serrín todos los días en el suelo. Estaba infestado de termitas.

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De camino al hotel nos sentamos en una terraza con vistas a las cumbres, a tomarnos unos batidos. A Nacho le interceptó una h-mong para venderle marihuana, y se plantó a hacerle un porro del tamaño de una secuoya, justo delante de la comisaría de policía ante lo que se nos puso los pelos de punta. Volvimos al hotel. Recuperamos nuestras cosas y nos pusimos a disfrutar de una cena estupenda en la terraza contemplando el atardecer en Sapa. Espectacular.

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Este sí que es un cerdito vietnamita auténtico

Se hizo la hora y subimos al microbús. Teníamos que volver a Lao Cai a tiempo para coger nuestro tren. Estaba anocheciendo y era justo esa hora en la que no se ve nada, ni luz ni oscuridad. El conductor empezó a acelerar y empezamos a pensar que Sapa era un buen sitio para morir. ¡Cómo podía aquel macarra coger así esas curvas de 180º! Y por la carretera, a soEstábamos todos flipando y nosotras gritábamos en cada curva. Después de un descenso a toda velocidad de la montaña, lleno de curvas imposibles, respiramos aliviadas cuando vimos de frente la estación… No lo sabíamos, pero realmente la verdadera aventura estaba a punto de comenzar…

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