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Vietnam y Camboya

¡Y yo sin mi agente naranja! 7

7 agosto 2007

Rumbo a Sapa
OLYMPUS DIGITAL CAMERANos levantamos muy temprano, desayunamos el mismo pan con suspiro de mermelada y fuimos al puerto. Allí un tipo estaba arreglando con cemento una parte del muelle a la que le faltaba un cacho. Hipnotizados seguíamos los ojos la paletilla que con maestría dejaba la pared lisa. Nos dieron hasta ganas de aplaudir de lo bien que la había dejado, cuando de repente llega un barco descontrolado y se lleva todo el murito por delante. Debe ser que eso de llevar un dragón en la proa confiere mucha energía y ganas de joder al prójimo. El tipo, sin inmutarse, comenzó a arreglar silenciosamente el estropicio. El mito de Sísifo total..

Entonces sucedió lo inevitable, un viet se puso a sobetearle a Nacho uno de sus muslámenes peludos. Nacho, o la nueva porn star ibérica, triunfaba con sus cachas peludas por los rincones más recónditos de oriente. Si nos hubieran ofrecido pasta por él, fijo que le hubiéramos vendido como el chico de moda. Y entre magreo y magreo, llegó nuestro barco. Subimos a cubierta para disfrutar por última vez del increible paisaje de Ha Long y estuvimos jugando con niño franco-vietnamita, que estaba loquísimo y que no había dejado de perseguir a Iker en todo el viaje.

capítulo 7 (9)

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Una vez en el puerto nos dieron de comer… a las 11 de la mañana. Nos metieron en un restaurante con un
montón de guiris más para obsequiarnos con la misma comida de los últimos 3 días. Queríamos morir. Cogimos el minibús y vuelta a Hanoi, ¡sniiif! Nos quedamos medio fritos y me llamaron pesada estos mamones por lo cual hice una huelga de silencio que llevé fatal. Nos volvieron a parar en el sitio de los niños que cosen souvenirs con los juanetes. Nos ponemos de nuevo en marcha y somos testigos de unos 10 accidentes de tráfico. Empezamos a plantearnos si no sería mejor idea visitar el país en globo.

Y por fin llegamos al hotel, nos duchamos en el baño de empleados, con una araña que era más grande que el bote de champú, y comprobamos que nuestras mochilas milagrosamente estaban intactas (o eso parecía). Nos despedimos de los vascos y del matrimonio francés. El niño tenía el corazón roto al despedirse de su primer amor, porque además de franco-vietnamita y pesado, era muy mariquita. Iker sonrió aliviado mientras el minibús se alejaba.

capítulo 7 (10)

Espinacas de agua again

Preparamos la nueva minimochila con artículos completamente diferentes, del bikini al chubasquero. Sapa nos esperaba y decían que hacía fresquito, cosa que no nos podíamos creer. Teníamos poco tiempo, pero dimos una vuelta por Hanoi. Aprovechamos para visitar tiendas y ver artículos que probablemente necesitaríamos en breve, como una lápida.

El tipo del hotel cogió un taxi, nos embutimos los 6 en él y llegamos a la estación. Yo creo que solos jamás lo capítulo 7 (1)hubiéramos conseguido. La estación era absurda. Mucha gente deambulando por todas partes, e incluso, entre las vías, donde había algunos pobres mutilados que yo no sabía muy bien si estaban pidiendo dinero o que les pasara un tren por encima y acabaran con su agonía.

El tipo nos metió en el tren y nos dejó perfectamente instalados en nuestro compartimento. El muy puto no nos dio los billetes hasta que estuvimos dentro. Desde nuestro tren vimos el expreso de medianoche que era el tren que decían las guías que cogerlo era una de las mejores maneras de suicidarte porque no hay luz, está habitado por seres del inframundo y los niños tiran piedras a las ventanas. Y yo pienso, ¡qué hijos de puta los niños que se levantan a media noche sólo para dar por culo!

capítulo 7 (11)

El compartimento molaba mogollón, porque era deluxe, ya que no nos merecemos menos. Regalaban agua y lichis (las abrí no sea que fuera mentira y que llevaran ocultas espinacas de agua). El frío que hacía por el aire acondicionado era de traca y las literas de arriba parecían neveras. Es lo que tiene ir con un tipo con pánico a las alturas y con una niñatilla consentida, que siempre te toca la peor parte. Como vimos mosquitos, nos embadurnamos de repelente y después del cachondeíto de rigor, nos dormimos sobre las once de la noche. Nada mal si contamos que a las seis ya estaríamos en pie.

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