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Vietnam y Camboya

¡Y yo sin mi agente naranja! 6 (3ª parte)

6 agosto 2007

El día que Eva desató una tormenta
Al llegar al hotel tuvimos dos desagradables sorpresas: una, la comida, que en realidad de sorpresa no tenía nada ya que era lo mismo de siempre y la otra, un centinela en las escaleras que daban a nuestra habitación en forma de polilla gigante con la calavera del “The Punisher” en el lomo, lo que hacía que subiéramos corriendo y parapetándonos casi, detrás de una silla y un látigo. Era del tamaño de un periquito y si la pusieras boca abajo y le abrieras las alas, sería como un abanico de Locomía. En el baño de la habitación descubrimos que nos acompañaba una china cachonda que miraba con cierto interés la pera de la ducha. La muy putilla no era sólo exclusividad nuestra, sino que había una en cada baño. A la otra china de los azulejos, a la Preysler, se le saltarían las costuras de las orejas al ver semejante póster de camionero perpetrado sobre el alicatado. Estos viets están muy mal de lo suyo y muy necesitados de un buen par de tetas.

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Nos cambiamos y nos pusimos los trajes de baño, dejando la cámara con mucha pena en la habitación ya que íbamos a hacer más kayaking. ¡Maldita cámara acuática que no teníamos! Bueno, Eva ni si quiera tenía ya cámara…Fuimos al puerto con nuestros colegas vascos y con unos franceses, una familia con padre súper aventurero e hijos ya mayorcitos que seguían las aventuras con bastante menos entusiasmo. El tipo era genial y tenía perilla de cabra.

Cogimos un barquito pesquero que nos llevó hasta una aldea flotante donde estaban los kayaks. Hicimos un cambio de parejas y me puse con mi maridito Ancho mientras que Evita se quedó con Liken. Empezamos a remar y la cosa funcionaba bastante mejor que la otra vez. Así que allá nos lanzamos a sortear los islotes, en un paraje increíble del que NO tenemos fotos, lo que hace que nos prendamos fuego a los párpados como castigo por no haber llevado una cámara acuática.

No os imagináis lo que es perderse con tu kayak en la bahía de Halong hasta que no lo hagáis, de verdad. Sentir el sol tostando tu espalda mientras estás remando, atravesando islotes, viendo poblados flotantes, a los hombres pescando y escuchar sólo el sonido de las barcas, las olas y algún que otro pájaro tropical, y sintiendo que jamás estando en el mar te salpicaron de agua más calentita que apenas lo sentías…. ¡Ay!

Y todo ese globo mental de karma que yo sentía se esfumó con un ¡CRACK! Mi remo partido en dos. Es que no me podía creer ¡cómo se puede ser tan desgraciada! ¬¬.  Intenté mantener las 2 mitades juntas apretando con fuerza pero fue imposible y en una de esas perdí medio remo. Recuerdo verlo hundirse lentamente, consternada por no poder hacer nada por recuperarlo sopena de volcar el kayak y seguir su destino hacia el fondo del mar (matarile, rile, ron, chimpón ¬¬). Nacho se descojonó, pero como estas situaciones absurdas nos son bastante habituales, tratamos de mantener la calma y tirar adelante con remo y medio. Ahí estaba yo tratando de seguir su ritmo de manera patética cuando Evita e Iker repararon en nuestra suerte. Las carcajadas se oyeron hasta en Singapur.

¡Y llegamos al paraíso! Una playa en un islote donde nos bañamos rodeados de acantilados de rocas de 30 metros de altura que hizo que se nos saltaran las lágrimas como poco, especialmente cuando un vietnamita loco en una lancha de turistas casi decapita a Iker. Éramos los únicos que estábamos por allí y la única lancha que pasó, juas, ¡qué puntería!

Aquello no podía ser más espectacular, cuando el francés se puso a sacar estrellas de mar gigantes ¡a puñados! ¡Qué bonitaaaas! Nosotros por más que escarbamos no encontramos ninguna, lo que hizo que barajásemos la posibilidad de que las llevara en los bolsillos para exhibirlas aquí para hacerse el guay. Evidentemente esto no se le podía ocurrir a nadie más que a Iker. Después de bañarnos subimos a los kayaks para volver al poblado flotante. Nacho, el padre francés y yo nos dimos un último baño en Halong, en la aldea flotante. Estuvo genial, pero subir, ¡vaya movida!. Estaba difícil apoyarte porque todos los bidones vacíos que servían de flotadores estaban llenos de esqueletos de conchas que te loncheaban los dedos y te ablaban cualquier parte del cuerpo que se te ocurriera acercar en cuestión de milímetros. Subí, me corté y me caí al agua, lo que me provocó un ataque de risa que hizo que se me anulase todo el sistema motor y que tuvieran que izarme entre Nacho y Jacinto, el vasco, como un gran jamón sumergido en las aguas. Aunque fue uno de los momentos más ridículos de mi vida, me descojonaba viva.

Después subimos al barco. Con nosotros subió la china de los kayaks. Como estaba callada, nadie reparó en ella… de momento. Estábamos extasiados comentando la experiencia cuando el barco para y el guía nos dice que podemos saltar e ir nadando hacia la Monkey Island, que estaba justo enfrente. Cuando llegué a la isla con la lentilla mirándome el bulbo raquídeo y conseguí sacármela, me la tuvieron que colocar entre 3, uno para sujetarme las manos, otro para abrirme el ojo y el otro para acoplármela a la pupila con las manos llenas de agua con sal mientras que yo blasfemaba y me acordaba de los padres de Ho Chi Minh y de Popeye el marino.

Rodeamos la isla a nado, intentando ver a algún mono, de la Isla de los Monos, pero no vimos ninguno. Entonces, el guía, que en un momento se había despelotado y se había tirado al agua en gayumbos, nos apremió para volver porque dijo que se acercaba el tifón (después sabríamos que se llamaría Pabuk y mataría a más de 80 personas). Volvimos a nado mientras sentíamos que las olas estaban creciendo. Cuando logramos subir al barco, comenzaron a agitarlo unas olas tremendas, por las que nos hicieron desalojar la proa, con lo a gusto que estábamos en aquella montaña rusa improvisada.

Mientras el cielo se ennegrecía y oleaje sacudía el barquito, otro tifón comenzaba a gestarse dentro del barco. El guía nos dice sonriendo que he sido “unlucky” porque se me ha roto el remo. Nos despollamos. Pero continúa: “You have to pay”. “Are you jocking?” le dice Eva. Y ahí queda la cosa… de momento. Entonces, el guía habla con la puta china de los kayaks, que comienza a escupir monosílabos con muy mala hostia y nos miraba con más mala hostia aún. El guía vuelve y nos dice que hay que pagarle a la puta china de los cojones 20$ por el remo roto. Yo lo flipé, pero si ellos tenían un demonio vietnamita, yo llevaba una diosa de los infiernos que se puso a discutir con el guía, con la vietnamita y con toda una dinastía de emperadores chinos si era menester. Nosotros decíamos que había sido un accidente, y encima, yo me había cortado la mano por culpa del remo roto. Y el guía que la china decía que yo había sido “unlucky”, a la que Eva, rodeada de volutas de humo y olor a azufre, respondió “más unlucky ha sido ella que no le vamos a pagar un puto duro”. Y la tía insistía, y Eva, a la que le habían intentado colocar el remo roto antes que a mí y que no coló, empezó a gritar a tal volumen que no se oían ni los truenos. La china empezó a retorcerse como una posesa ante el padre Karrack y trató de decir entre siseos que al menos le pagáramos la mitad del remo, cosa que le hizo perder la poca dignidad que le quedaba. Pero es que por encima de nuestro cadáver. La puta china se podía meter el remo roto, más conocido en su argot como “engaña guiris”, por el chete. Eva le gritaba en español que ¡los cojones! ¡ni un puto duro! Y esta vez no hizo falta que la tradujera el guía (que tampoco sabía español) Se hizo el silencio en el barco. Hasta Eva se asustó de escucharse gritando de esa manera. La china se había equivocado eligiendo los pardillos esa tarde…

El mar estaba poniéndose realmente peligroso cuando conseguimos llegar al puerto. El cielo se estaba de Apocalipsis Now. Subimos a las habitaciones y nos dijeron que en una hora cenábamos (¿sería el “seafood” que esperaban los vascos con tanto anhelo?). Mientras nos duchábamos las 3 (no olvidemos a la china de los azulejos) en el exterior se empezó a desatar el fin del mundo versión pasada por agua.

Salimos a la terraza a ver el mar, pero no podíamos verlo, pese a que lo teníamos enfrente del hotel, por la lluvia tan potente y espesa. En minutos se deslizaron toneladas de barro al paseo marítimo y se anegó todo. De repente paró la lluvia y enseguida la calle recuperó la normalidad. Se ve que están acostumbrados a estas cosas.

Bajamos a cenar comentando la tormenta con los vascos y que estábamos hasta los cojones de la comida del tour (aún así acabamos mendigando comida a los franceses, porque no comían casi nada y nosotros, aunque frustrados, estábamos hambrientos). Evidentemente el “seafood” brilló por ausencia. Así que optamos por hacer una segunda cena en la calle, pero sólo encontramos puticlubs y vietnamitas cogidos de la mano, con la particularidad de que todos eran tíos. Llegamos a pensar que estábamos en una especie de Mikonos, pero esos de maricas no tenían ni un pelo. También había tiendas de souvenirs con unas mierdas que habrían dejado a las tiendas de Benidorm a la altura de Tiffany´s. Fuimos hasta el final del paseo marítimo preguntándonos como ese pedazo de isla tan bonita tenía una ciudad tan rematadamente infernal, cuando de repente un par de viets empezaron a hacerse una cara nueva a base de hostias y en un momento había como 10 personas a palos y 300 mirando. Nosotros pasamos y nos fuimos no sea que o nos metieran en el ajo o aprovecharan el desconcierto para quitarnos hasta los apellidos. Nos sentamos en una terraza infecta a comer y me pedí unos tallarines con verduras. Las verduras no resultaron ser otras más que las ESPINACAS DE AGUA de las últimas 5 comidas. Yo estaba frita, pero como en el fondo soy masoquista, me las comí religiosamente ante el descojone general. Definitivamente aquel no fue mi día ¬¬.

Volvimos atravesando los puticlubs que allí se llaman karaoke-massage y cerca del hotel encontramos un pub algo pijo (para guiris) donde nos tomamos unas cervezas y Evita un zumo de sandía que tardaron siglos en servir. Los vascos ya habían tenido demasiada ciudad isleña y se fueron a hacer compañía a la china de la ducha. Tras tomarnos algo y que Iker se comprara una camiseta que ponía “Salvad a los monos” fuimos a por agua para la noche y la tipa de la tienda timó a Iker, que se compró el mismo bollo radiactivo que Eva pero al que le cobró como el doble, y encima, cuando reclamó se rió en su vasca cara. Estos vietnamitas es para matarlos y hacer jabón con sus cenizas.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAAl volver al hotel tuvimos el último momento estrella de la noche. No podíamos resistirnos a inmortalizar a la polilla parapente que aún permanecía en las escaleras. Sólo cambiaba de dirección, como las brújulas. Yo me acerqué un poquito, pero parece que tengo más hormonas masculinas que este vasco de opereta que empezó a toquetear su super cámara para hacer la foto a 300 metros con su super zoom. Estaba tan concentrado que no advirtió el haz de luz que salió de su cámara para crear toda una aureola naranja alrededor de la polilla, y cuando levantó la vista y vió que la polilla parecía la nave de ET dió un salto y dió un grito que hacen que casi se me pare el corazón del ataque de risa que me dio. La polilla debía ser sorda, porque no se inmutó, por suerte para ambos.

Se lo conté a Evita y nos fuimos a la cama, que estábamos reventados todos del kayak y de tantas emociones… había sido un día duro, pero más duro era saber que ya nos íríamos de la maravillosa bahía de Halong al día siguiente.

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