Vietnam 466
Diarios de viaje Vietnam y Camboya

¡Y yo sin mi agente naranja! 6 (1ª parte)

6 agosto 2007

¿Dónde está la magia tras una noche estrellada en la bahía de Halong? En despertarte una mañana nublada y descubrir que el día anterior no fue un sueño, y que a veces, los sueños se despiertan abrazados a una pesadilla con el termostato roto, que soy yo. Son las 7 de la mañana y el desayuno nos espera. No es que sea para tirar cohetes, pero temíamos algo peor.

Recogemos todo porque esta noche dormimos en la isla de Cat Ba. De repente se pone a llover a cántaros y nos tenemos que refugiar dentro del barco.

Monumentos humanos entre monumentos naturales

Atracamos en la isla. Nos espera un microbús que nos llevará primero de trekking y después al hotel. Mientras esperamos a que se llene y llega una excursión de madres e hijos franceses que empiezan a hablar de nosotros. Nacho e Iker se coscan de todo porque son bilingües. Menos mal que no han dicho nada malo porque les echaríamos a las cobras. Nos extraña la ausencia de hombres. Estarán pescando calamares gigantes con las manos.

La carretera parece modelada con un torno de alfarero y tememos nuevamente por nuestra vida, pero esa sensación ya es habitual. El paisaje es pura exuberancia vegetal. Paramos en una caseta en medio de la nada que es la entrada al parque nacional de la isla de Cat Ba. Está custodiada por unos 15 hombres de diferentes edades cuyo mayor entretenimiento es ver cómo los turistas se ponen hasta las cejas de repelente anti-mosquitos. Eva decide no subir porque va avisada por un colega de la dureza del trekking y por el propio guía. Fue uno de los pocos vietnamitas que nos obsequiaron con una verdad en todo el viaje.

Y los tres valientes y los vascos nos preparamos para la gran subida de la que estábamos convencidos que ladraría más que mordería. Comenzamos por un caminito que bordea un riachuelo en el que ¡vemos una serpiente! Se escabulle entre la maleza haciendo eses y nos sentimos Cocodrilo Dundee como poco. Llegamos a un pozo redondo enorme con un chiringuito al lado donde pillamos agua y empezamos la auténtica subida. Por suerte teníamos un buen mapa con el q era imposible perderse ¬¬.

Es la jungla de la isla Nublar, y no, no hay camino. Hay rocas en el suelo que algún alma caritativa puso alguna vez a modo de escalones. Todo el trayecto discurre por una ladera arcillosa y embarrada. Menos mal que no llovió, porque hubiéramos acabado como el ejército de los guerreros de terracota. La vegetación es de una frondosidad espectacular. Los árboles son tan tupidos que casi no se ve el cielo. Escalamos rocas en las que sólo hay como asidero una barra de hierro más oxidada y gastada que las tachas de un fan de los Scorpions… ¡¡Es genial!! Pese a lo duro de la subida, no paramos de hablar como buenas cotorras que somos y hay un momento en que la vasca María Jesús casi se muere de un ataque de risa cuando digo que la excursión de Halong debe estar patrocinada por Corporación Dermoestética, porque vaya infierno: entre la comida, el trekking, el calor y la humedad (si en el desierto fríes un huevo en una roca aquí dejas un huevo y te sale una ensaladilla rusa al completo). Entre que estamos sin resuello y las risas, casi morimos. Mientras, nuestros compañeros guiris se preguntaban en absoluto silencio por qué los españoles son tan frikis.

Seguimos subiendo mientras nuestros cuerpos van poniéndose más y más naranjas, saltando, esquivando lianas, viendo plantas de colores preciosos y escuchando los auténticos sonidos de la selva (aves tropicales, monos…). El guía de vez en cuando nos dice algo o nos advierte para que tengamos cuidado con según qué agujeros. El tipo ni suda ni parece cansado, mientras que nosotros estamos para escurrirnos y que beba todo Zimbawe durante un mes. Y empieza la última escalada, que eran unos peldaños en la roca donde el tétanos repartía flyers y donde había dos sentidos aunque a duras penas cabía una persona. El paisaje a nuestras espaldas de la subida, era espectacular. Isla Nublar se extendía en todo su verde esplendor en las cuatro direcciones para que lo contempláramos desde el punto más alto, desde el pie de una torre de vigilancia forestal, herrumbrosa a más no poder, con unos peldaños de madera de la dinastía Ming. Subí con los tres vascos (el que llevaba de serie y los otros) y nos hicimos unas fotos a riesgo de perecer en el intento. Nacho no subió, para que no tuviéramos que exorcizarle por un ataque de vértigo. Tuvimos que bajar a toda hostia, porque estaba tan mal que sólo se podía subir de 4 en 4, y aunque nosotros esperamos un buen rato por los que iban delante, los que nos seguían empezaron a subir cuando no habíamos ni sacado la cámara, cabrones.

Comenzamos la bajada. Pasamos del trekking al rappel, sujetándonos a las raíces, y en la parte de la jungla cerrada, sujetándonos a las lianas. Flipamos porque somos los primeros en empezar a bajar, y cuando nos queremos dar cuenta, vemos al guía abajo esperándonos. ¡No hay otro camino! La vasca le pregunta si tiene un hermano gemelo o si hay ascensores y a los turistas nos hacen hacer el paripé. El tipo le dice que no muy serio y es que en Vietnam no existe la palabra “broma” (ni el verbo robar).De repente veo a Iker pegar un bote. Ha visto lo que cree que es un insecto raro, ¡pero es un cangrejo! Sí, señores, en Vietnam los cangrejos viven en la montaña y son verdes y naranjas.Conseguimos llegar enteros y de color naranja por completo al pozo, donde todo el mundo está recuperando sus colores originales. Mis botas parecen sacadas de un saco de risketos. Y ahí conocemos a la fabulosa ¡mariposa meona! ¡Qué risa!, porque veo a Iker haciendo fotos a un mariposón y me agacho y la veo que tenía la cabecita vuelta hacia nosotros y estaba tan pancha soltando como un aspersor meaditos “tsssss tssssss”. Nos la imaginábamos sonriente partiéndose el culo de nosotros mientras meaba.

Le preguntamos al guía qué eran una especie de sacos peludos del tamaño de una pelota de tenis que cuelgan de algunos árboles. ¡Nos dijo que eran hormigueros!

El último tramo, atravesamos las granjas donde la gripe aviar invitaba al té. En la entrada nos esperaba Eva, donde nos contó su mañana…

El pozo del tío Lai Mun Doh

Mariposa meona

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