Vietnam 339
Vietnam y Camboya

¡Y yo sin mi agente naranja! 5

5 agosto 2007

Nos levantamos a las 7 de la mañana, con unas ojeras dignas de Nosferatu pero qué importa…¡Vamos al paraíso, a la bahía de Halong! Preparamos nuestras minimochilas con los bikinis, toallas, camisetas, arena para gatos, desodorante de iguanas y lo más importante, ¡ropa interior oxigenada!

El desayuno que nos esperaba parecía ideado por Pol Pot. Ese café era digno lodo de un humedal camboyano. Y de acompañamiento, media barra de pan con un suspiro de mermelada, que tenía de todo menos romanticismo.

Era tan plasta como simpático

Con mucho miedo, abandonamos las mochilas grandes en un recoveco de las escaleras del hotel, porque como no íbamos a pasar allí las dos próximas noches, pues ahí se quedaban muertitas de miedo. No sabíamos si temíamos más que nos sacaran cosas de dentro o que entraran esos insectos mutantes que tienen por allí… No, definitivamente temíamos mucho más lo segundo. Aún, sin abandonar el hotel, comienza el carnaval de los precios vietnamitas. Nos habíamos tomado una botella de agua de la nevera de la habitación y al pagarla le pregunto al tipo que cuánto es y me dice que 6.000 dongs. Voy a cambiar esa sábana de billete y otro tipo me dice que son 8.000. Inmediatamente llega otro con cara de malo de “Golpe en la pequeña China” y me dice que 10.000. Yo, que no había comprado ningún cartón de ese bingo al que estaba jugando, les di 6.000 y el último se pilló un mosqueo de cojones. Claro que me hice la sueca como ellos, porque los vietnamitas parecen de Göteborg.

Subimos al microbus. Había jóvenes aleatorios (ninguno reseñable) y un matrimonio francés con dos niños vietnamitas adoptados. La niña era la típica niña chinorris que parece que te va a calcular en un minuto el PIB de 8 repúblicas bananeras con un ábaco. El niño era genérico y un plasta de cojones. Luego estaba el guía, que para lo que son los vietnamitas, hasta tenía un pase, sólo que hablaba un inglés mezclado con las instrucciones de una vitrocerámica que no se le entendía nada.

Partimos hacia Halong, emocionadísimos, a la par que dormidísimos, que no son dos cosas incompatibles. Hacía mogollón de calor fuera, pero disfrutábamos de nuestro super aire acondicionado mientras veíamos pasar autobuses de vietnamitas que parecían auténticos cocederos de centollos.

Llegó la primera parada, un hangar infernal de estos de hacer negocio con los turistas: Cocacolas frías, (o frías el primer minuto), patatas fritas rancias y pañitos enmarcados, hechos por niños sin brazos o carentes de alguna otra extremidad. El sitio era un horror, pero aún lo eran más esos cuadros cosidos. Los motivos eran lo típico, que si estanques, árboles que se reflejan en los estanques, patos en los estanques… Un estanque con perros con pelos en la lengua… ¡sí, perros con pelos en la lengua! Se ve que además de faltarles los brazos, tenían algún problema añadido que les hacía pensar que los perros tienen pelos en la lengua. Y llegó el doble chino de Galindo a explicarnos cosas de los pañitos que no nos interesaban y ante las que pusimos cara de bolsa de croquetas y salimos del hangar, confiando en que saliera el bus pronto y nos alejara de ese infierno de souvenirs. Pero no. Estuvimos casi una hora hirviendo como un repollo, buscando el microbus entre un millón de microbuses iguales, porque no hay turista que pise Vietnam y que no visite el hangar de Galindo. Al final nos encontró el guía casi hechos un charco en el suelo y nos piramos ¡¡¡yuhuuu!!! Llegamos a Halong City. Habíamos tardado como 5 horas en hacer 135 kms. El guía nos llevó a la carrera al puerto, cual rebaño de borregos perseguidos por el lobo. Habló con no sé quién y nos fuimos directamente a los barcos.

Los barcos nos tenían enamorados, es que eran ¡¡¡chinescos, chinescos!!! Y estaban ahí en el puerto, con sus banderitas rojas con la estrella y sus velas recogidas. Nos preguntamos cuál sería el nuestro y cuánto iba a tardar en llegar al muelle, cuando el guía nos señala al embarcadero, se sube a un barco y le seguimos. Salta a otro barco, le miramos, y nos señala que le sigamos. Le miramos. Vuelve a señalar. Habrá que seguirle, que esto debe ser parte de las actividades… Y ahí estábamos saltando de barco en barco con el temor de caer al agua con las cámaras de fotos y todo, el descojone. Esto sí que es una gimkana. Nos alegramos realmente de no haber llevado las mochilas grandes como otros.

Llegamos por fin a nuestro barco. Es de madera y en la parte de arriba hay unas tumbonas muy apetecibles. Allí descubrimos que los dos vascos majísimos que habíamos conocido en nuestra breve estancia en el puerto se venían también con nosotros ¡qué guay!. Los del barco nos piden los pasaportes por alguna estraña razón, puesto que no íbamos a salir de aguas vietnamitas. Tardan 8 horas en hacer los trámites y por fin zarpamos.

Casi al momento de zarpar nos traen la comida, aunque aún no nos han asignado los camarotes. Empezamos a ver la bahía de Halong y las retinas casi se nos caen porque no puede ser aquello tan bonito. Es el paraíso y no, no es como se ve en la tele, ¡es muchísimo más flipante!.

Nos empezamos a adentrar con el barco en el mar, para perdernos en lo que parece un laberinto infinito de rocas, árboles y mar. Mientras asistíamos a un espectáculo natural sobrecogedor, embutíamos unas judías verdes deliciosas y unos rollitos vietnamitas que estaban tremendos. Al rato nos traen un pescado que era lo más parecido que me he encontrado en la vida a una maldición. Habría que haber denunciado a ese cocinero por maltrato animal porque no se le puede perpetrar semejante guiso a un animalito.

Después de comer nos fuimos a la proa a hacer el tonto y a entablar conversación con los vascos. El resto del barco estaba lleno de jóvenes sosillos que no nos interesaban por ser poco habladores y porque hemos visto octogenarias con más vitalidad que ellos. También venía el matrimonio de franceses pintorescos con sus hijos vietnamitas. Entonces el niño, que era un plasta de cojones, empezó a perseguir a Iker, que vivió la primera historia de amor del viaje, con declaración incluida: –“Te amo”, le soltó en francés el crío. Iker se quedó blanco y desconcertado y optó por ignorarle. Hipnotizados por las enormes rocas llenas de vegetación emergiendo del agua, sus pequeñas playitas vírgenes y sus poblados flotantes, nos íbamos adentrando lentamente en la bahía.

Cogimos las mochilas, dejando sólo toallas y cholas en el barco, porque nos habían prevenido contra los piratas (dícese de chorizos acuáticos de ojos rasgados que aprovechan la ausencia de los guiris, muchas veces conchabados con la tripulación, para hacerse con su botín).

Bajamos a uno de los islotes. El calor era sofocante. Y a medida que nos adentrábamos en la cueva de la isla, empezamos a chorrear por el sudor y la agobiante humedad que hacía difícil hasta respirar.

Estalactitas milenarias y las típicas luces de colores que les ponen a las grutas. ¿Por qué tienen que iluminarlas siempre como si fuera un puticlub? Nos separamos de un montón de gente que venía detrás y casi nos matamos en algunas ocasiones, porque todo resbalaba como si abrillantaran las grutas con cera hechicera. ¡Había que salir de allí cuanto antes o corríamos peligro de deshidratación! Las cuevas eran bonitas pero ni comparación con lo que había fuera: el mirador casi irreal que sale en todos los resultados de google si pones Halong.

Os recuerdo que la envidia es un sentimiento muy feo

Nos hicimos 8 millones de fotos que quedaron fatal, y al final bajamos pitando porque casi zarpa el barco sin nosotros.

El guía nos reunió para repartir los camarotes. Habíamos pedido una doble y una twin. Así que el guía, preguntó que cuál de las dos parejitas en honey-moon querían la doble. Las parejitas en honey-moon éramos Nacho y yo e Iker y Eva. Le dejé un poco descolocado cuando le dije, agarrando a Eva por el hombro: “Double for us, no problem”. Él hombre que no entendía nada (nunca mejor dicho) puso cara de cosaco bailón al que de repente le cambian la música por una sardana. Trató de explicarnos pensando que no habíamos oído la historia de las abejitas y las flores que le habíamos entendido mal y que era una cama para una pareja. Yo le cogí las llaves y le dije: “No problem, for us” con mi mejor sonrisa. Él cayó al espacio profundo 9 y miró a Nacho que puso cara de “a mi no me mires que yo no tengo la culpa”. Desde entonces cada vez que nos miraba sonreía más.

Nos esperaban más emociones: ¡kayaking! Saltamos del barco a unas casas flotantes donde tenían un montón de kayaks amarrados. Y nos pusimos chicos con chicos y chicas con chicas.

Nuestra primera experiencia con el kayak fue desastrosa, pero muy divertida. ¡Ese momento infernal en el que no te coordinas para nada! Una tiraba para un lado con fuerza, la otra manejaba el remo con destreza hacia el otro. No sacábamos nada en claro pero lo estábamos pasando de muerte.

No hay manera de avanzar en esas piraguas a no ser que tengas un mínimo de coordinación de pareja que nosotras no teníamos. El grupo pronto nos adelantó, nuestros hombres nos abandonaron y nosotras vimos la muerte de cerca varias veces. La primera de ellas cuando vimos un pescado muerto delante y pasamos por encima tragándonos todo el horrible olor a podrido. Pero seguíamos remando porque aquello era una gozada, solas entre los islotes, descojonadas de la risa y remando a contracorriente, porque salimos a la parte que estaba menos protegida de mar abierto. Por si fuera poco, de vez en cuando pasaba una lancha motora provocando unas olas que parecía que estábamos remando dentro de mi batidora Princess y varias veces nos chocamos contra las rocas que estaban afiladas como estrellas ninja, pues la parte que da al mar es todo conchas pegadas y desgastadas provocando un filo que corta como un cuchillo.

Pero lo conseguimos, ¡demonios! Nos metimos bajo un arco con mucha destreza (aunque no os lo creais) y llegamos a uno de los sitios más increíbles que he visto en mi vida. La isla hacía una especie de donut a la que sólo se accedía por ese conducto excavado, y estabas dentro con tu kayak, todo rodeado de paredes montañosas con en una mini jungla. Nos dijeron que había monos, pero no los vimos, aunque sí muchos pajaritos tropicales. Aquello estaba tranquilo como una balsa y podíamos descansar un poco de la paliza remando, aunque como habíamos tardado tanto, en breve teníamos que volver. Unos alemanes se tiraron al agua (ganas nos dieron a todos) y luego no podían subir al kayak, que descojone. Pero como estaban con otro grupo les abandonamos a su suerte y tuvieron que pedir ayuda a una barca.

Volvimos al poblado flotante (en realidad eran 3 casas, poblado, no era mucho). Los poblados flotantes son una prueba de que el que no se apaña es porque no quiere. Tienen ahí su casita plantada en el mar y su propia piscifactoría. Y mola andar por allí y que esos vietnamitas te miren y se descojonen por ser un estúpido occidental más inútil que la dieta de Falete.

Subimos al barco que iba a echar el ancla en medio de la bahía. Allí pasaríamos la noche. Aquello pintaba increíble, pero increíble quedaba corto… Nos dijeron que nos podíamos bañar en mar abierto. Así que saltando desde el barco nos zambullimos en el cálido abrazo del mar del sur de China. El momento era tan idílico que ni el tampón flotante que casi le da a una francesa en la cara lo rompió (alguien había tirado la basura de un barco en mala hora, pero por suerte sólo nos llegó eso) Y es que los famosos cerdos vietnamitas son estos y no los puercos mascota como el George Clooney.

Y llegó nuestro momento de la fama. Y es que las españolas donde van triunfan. Los marineros vietnamitas pasaron olímpicamente de las inglesas y australianas (que no estaban mal, todo sea dicho) y se pusieron a hacer fotitos a Eva con el móvil, al principio disimulando y luego con total descaro. También hay que reconocer que antes nos habíamos estado haciendo fotos de supermodelo derrochando exhuberancia. Y es que nos veíamos en la obligación de transmitir el legado cultural de Ana Obregón a tan lejanas tierras, donde sin duda, no habían visto nunca antes a nadie posando con tanta naturalidad y frescura.

Pero ahí no acaba la cosa. El más jachondón y viciosillo de todos los marineros, el fotógrafo oficial del grupo, de repente le empieza a sobar el pelo del pecho a Nacho. El chinorris se señaló su pecho y claro, ¡ni un pelo! El tipo miraba a nuestro macho español de pelo en pecho y se partía.

¡Y yo con estos pelos!

Después de una conversación capilar absurda en vietnamita y español, Nacho e Iker decidieron demostrar que el pelo en pecho lo llevan por algo. Así que exhibieron su hombría saltando desde el tejadillo más alto del barco al mar. Nuestro vietfan, prefirió quedarse con las jachondas, que como él, no tenían pelo en el pecho. Y aquel momento dio lugar a los nuevos motes del viaje. Nuestro vietfan nos escuchaba jalear a nuestros valientes cuando saltaban: ¡¡”Nacho”, “Iker!!!” Y el tipo, que quería ser nuestro colega y tenía dislexia auditiva también les gritaba: “¡Ancho!” “¡Líken!”. Nosotras nos despollábamos.

Los vigilantes de la playa

Después del subidón, fuimos a acicalarnos para la hora de la cena y descubrimos un polizón en forma de cuca. Al menos se había suicidado a lo bonzo dentro de la papelera del retrete y no nos dio más la lata. Disfrutamos (algunos) de la cena que era un calco de la comida sólo que en lugar de judías verdes, esta vez eran espinacas de agua. Y ahí fue donde empezó mi maldición de las espinacas que ya comprenderéis. Nos habíamos arrejuntado a los vascos, que eran un amor, y por alguna misteriosa razón, les hacíamos mucha gracia.

“Ancho” jumping

Tras la cena subimos a cubierta con unas cervezas. Aquello era la vida después de la muerte que todos deseamos. El barco meciéndose silenciosamente en la noche, en pleno centro de la bahía, mientras a lo lejos veíamos el inicio de una tormenta eléctrica cuyos relámpagos de vez en cuando iluminaban todo el paisaje, de rocas, barcos de madera y sus farolillos. Los dioses esta vez, se estaban portando. El espectáculo pirotécnico estaba lejos *

Y cuando la gente empezó a irse a los camarotes y las luces de los barcos iban apagándose poco a poco, nos retiramos, aunque hubiéramos deseado que esa noche hubiera durado milenios…

* NOTA DE EVA: La tormenta no estaba tan lejos. Soraya rompió toda la magia del momento echándose un cuesco que hizo desaparecer el delfín blanco del Mekong. Ella sigue manteniendo que fue la colchoneta la que sonó, pero ni de coña, ¡es que ni de coña!

Sin comentarios

Dejar un comentario

Puede que también te interese...

Al principio