Vietnam 022
Vietnam y Camboya

¡Y yo sin mi agente naranja! 2

2 agosto 2007

Armando el dummy roto de nuestra anatomía y recogiendo todos nuestros enseres, nos preparamos, con gran entusiasmo, para bajar del avión. Estoy muy dolorida, en parte porque la noche anterior he recibido un codazo de Eva en la mejilla después de incrustarle mis piños en su lorza izquierda.

Abandonamos el avión, donde verdaderamente creímos que encontrarían nuestros cadáveres en una postura indigna e incómoda, con la bolsita con patucos de la Turkish Airlines entre las manos, como último equipaje para la vida eterna. Eso siempre y cuando no hubiera explotado el avión, en cuyo caso los patucos antideslizantes y nuestros hermosos cadáveres se hubieran desintegrado en la luminosa tormenta mandándonos derechos a la dimensión de Tíndalos como poco, que está por ahí, por la periferia del quinto coño. Pero como no pasó nada de esto, somos felices de pisar por fin el aeropuerto, aunque por un momento pensamos que hemos aterrizado en Helsinki. El aire acondicionado es de otro planeta y bastante alejado del sol. Empezamos a flipar al ver chinorris por doquier, ¡¡¡estamos en Tailandia!!! Y de repente nos topamos con unas estatuas tremendas, réplicas de las que están en el Palacio Real. ¡Qué chulas! Y a mí, que toda esa parafernalia de bicharrales con espadas me vuelve loca, hace que me lance a hacer la primera foto. Antes de recoger las mochilas tenemos que pasar por el control de pasaportes, que está detrás de la congregación de todos los extras de Ben-Hur que les ha dado por irse de vacaciones a Tailandia. Media hora de cola en la que hay una macedonia de nacionalidades que va desde talibanes a suecos, pasando por paisanos de la serranía de Cuenca. ¡Ale! ¡Tós pa Tailandia!

Fumando espero, al bus mientras me muero…

Cuando nos toca, vamos todos juntos, rodeando a la funcionaria tailandesa que nos indica con cara de dragón cabreado que no nos puede hacer una foto de grupo para el visado, por muy bien que nos llevemos. Una vez fotografiados y sellados ya podemos decir que ¡estamos en Bangkok! ¡Qué subidón! Cambiamos pasta, y esta es nuestra primera aproximación al jeto del rey tailandés, que debe tener la polla como una avellana porque si no, no entendemos esa megalomanía que hace que el menda se empeñe estar en cada lugar del horizonte, mires donde mires. Con el bolsillo repleto de bahts salimos a investigar qué bus tenemos que coger para ir a… ni puta idea. Iker, además de una chancla identificatoria (me imagino al CSI devanándose los sesos para reconocer su cadáver disuelto tras la explosión y lográndolo al final gracias a la oportuna aparición de su chancla) se ha traído una chuleta de Bangkok. Decide que Khao San suena bien porque al parecer hay hostal fetén. Nos preguntamos si ese será el barrio donde las chicas te abren las cocacolas con el chete.

Salimos de la terminal para comprar los billetes del bus, pasando de Helsinki en enero a un horno crematorio. Con esa humedad así les crecen las cosas de grandes, que plantas una calculadora y te crece una secuoya de ordenadores (bueno, en realidad allí crece todo menos ellos, que son bastante poly pocket). Al minuto dos de espera, estamos empapados en sudor. Nacho fuma todo lo que no ha fumado en 18 horas en las que ha visto su vida en diapositivas varias veces.

El callejón de las cucas

Al minuto 15 llega el autobús y todo ese sudor se congela. La entrada a Bangkok por carretera desde el aeropuerto es increíble. Empiezas a ver las obras del sky-train y detrás unas chabolillas y unos rascacielos enormes y todo ello salpicado de pagodas. Estamos con la boca abierta (y los dientes castañeteando).

Llegamos a Khao San Road, y justo al lado de la parada vemos el cartelón con el nombre del hostel que Iker tiene en su chuleta. Entramos en un callejón estrecho y muy largo. Huele como si metes en un frasco de ambientador el cadáver del gato, un kilo de curry, un cuesco y pachuli.

Entramos en el hostel, que es un infierno de temperatura y de aspecto. Huímos. Descubrimos el D&D Inn, con una pinta estupenda ¡pero no hay sitio! Así que acabamos en otro callejón dentro del callejón grande, donde está una típica casita thai de maderita de dos pisos, un hostal regentado por la versión tailandesa del Sr Miyagi de Karate Kid. Pagamos los 7$ por habitación doble y nos encontramos una estancia muy chula, en el segundo piso con ventilador, mosquitera ¡y una cama gigante!… y el baño fuera, en el patio.

Dejamos los bártulos y al señor Miyagi, con un cachorrito de perro que tiene, muy rico. Salimos a la caótica Khao San. Guiris de color rosa, perroflautas intensos, ligones, borrachos, deambulan entre los puestos donde se vende de todo, sobre todo falsificaciones. También hay puestos de comida y lugares donde puedes hacerte en un pis pas un carnet de la CIA y te falsifican hasta el ADN de tu padre si quieres.
Decidimos cenar en un puesto de la calle, con taburetes en la carretera, que a veces, teníamos que apartar para que pasaran los coches. Como estos son hombres de pelo en pecho se pidieron con un par, la comida “spicy”. Yo disfruté de mi delicioso menú de arroz, soja salteada con huevo y tofu frito con verduras y una coca-cola por el increíble precio de 1 euro y medio!! I love Thailand! Ellos echan llamaradas por la boca y se les pone el esófago del revés. Según Eva, era lo más parecido a meterse una brasa incandescente en la boca. Así que después de quemar sus papilas gustativas, se tomaron unos crepes con salsas de muchos colores de otro puesto.

Visitamos la primera pagoda donde estaban en plena ceremonia y nos fascinó. De vuelta vimos la gasolinera-restaurante. Si durante el día te despachaban gasolina, por la noche colocaban unas mesitas y ya tienes la terraza montada. ¿La cerveza la quiere súper o diésel?

Como estamos un poco muertos por vuelo, decidimos tomarnos una cerveza e irnos a dormir. Al llegar al hostal descubrimos que las cucarachas son realmente portentosas. El señor Miyagi no estaba, pero sí varias tailandesas Vietnam 025muy simpáticas que sólo sabían decir en inglés “good night”. Subimos a nuestra habitación y me probé los pantalones thai que me acababa de comprar para corroborar que no sólo eran grandes sino que eran inmensos. Eva se descojonó, pero yo no me rendí y bajé a que las tailandesas me enseñaran a ponérmelos. Las muy cachondas se partieron el culo y más o menos me hice una idea de como era, pero empezaron a venir más mujeres y al final un guiri que trataba de dormir nos mandó a gritos muy lejos. Es que estas pareducas que tienen por ahí son muy finas y las tailandesas unas saladas muy majetonas.

Nos acostamos. A los pocos minutos entran unas guiris en la habitación de al lado riéndose a voces, cosa que proca las iras de Eva que se pone a golpear la pared cual gong. Ellas, atemorizadas se callan y empiezan a hablar en siseos que también se oyen, pero menos. Al cabo de un rato, con el ventilador a toda mecha en nuestra cara, nos dormimos. Nos levantaremos a las 8 para acaparar todo el Bangkok que podamos.

Capítulo 3

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