Vietnam 974
Vietnam y Camboya

¡Y yo sin mi agente naranja! 1

1 agosto 2007

Amanece a las 4 horas de mi película mental del ocaso de los dioses. Huele a gata encerrada y es que mi felina favorita, Olivia, no tiene un pelo de tonta. ¡Cómo la voy a echar de menos! Nacho y yo ya tenemos todo preparado. Nos recoge el novio de mi madre, que es un encanto, y salimos hacia Barajas, después de que yo me deshaga en amor a raudales hacia mi gatita. A la otra gatita la voy a ver en breve.Nacho de repente se da cuenta de que se ha olvidado el “chubasquero” de su mochila, y como no queremos que vuelva con ella llena de fardos de coca, volvemos a casa buscarlo. Llama Yolanda (mi santa madre) y nos dice que empezando así que prefiere despedirse de nosotros hasta la otra vida, y es que esta mujer está en todo.

Por fin llegamos a Barajas y vemos a Iker en el mostrador de la Turkish Airlines. Nacho va a en busca de su nueva American Express que su madre, con buen criterio, le ha enviado con carácter de urgencia al aeropuerto ya que el chiquillo iba a emprender tamaña aventura sin dinero. Cosas de Nacho. Entonces llega Eva, preparada para todo, a diferencia de su pelo que no era waterproof (la pobre se fue a la pelu el día antes para ir toda mona y alisada a Bangkok, tiró el dinero)

Nos tumbamos en el suelo, encima de nuestras mochilas, y nerviosos, y con mucha algarabía, esperamos en la cola de facturación. Habíamos llegado como 3 horas antes del vuelo por el temido overbooking y porque la Turkish Airlines amenazaba con huelga, pero Eva había hecho el checking online y sólo teníamos que facturar las mochilonas en el mostrador de la clase bussines que aún estaba cerrado. La cara de envidia de la gente era mítica, donde hay clase, hay clase. Entonces algún cretino se quejó de que había gente de mala catadura en la cola que daban mala imagen a los bussines y la azafata vino a ponernos firmes. A todo esto, los de las tiendas del aeropuerto estaban en huelga y nos amenizaban la mañana con pitidos y trompetas que nos sonaban a música celestial porque no eran los pitos y trompetas de la Turkish, que desde luego nos hubieran sonado fatal.

Iker, feliz de llevar perfectamente identificadas sus pertenencias mochileras con su chancla, ve cómo se le rompe en el minuto dos. Así que decide envolver su mochila, cual chorizo. Y como bien dice la ley de Murphy, “siempre que estés liado envasando al vacío tu mochila abrirán el mostrador de facturación”. Así que salimos zumbando a facturar, ya que no era plan de hacer esperar a la cola de gente que nos odiaba, por tener una pinta tan lamentable y viajar en primera. Felices con nuestras tarjetas de embarque nos vamos al limbo del aeropuerto a hacer tiempo, mientras los ruidosos manifestantes al otro lado del cristal nos dicen a gritos que no compremos en Aldeasa. Como somos muy obedientes, no lo hacemos.

El tiempo vuela y sin darnos cuenta estamos ya sentados en el avión. En el despegue Nacho, al que le da pavor volar, se pone de todos colores. Lo que no sabía es lo que le esperaba después, algo que le ha provocaría una seria patología que hace que le afloren nuevas personalidades a bordo de un avión, a cual más chunga. Iker y yo estamos sentados justo detrás de los bussines, y sólo vemos la mini-pantalla del recorrido del avión, ni peli ni hostias, porque hay un muro entre los pobres y los ricos, como la vida misma. Eva y Nacho están detrás, poco preocupados por el entretenimiento a bordo. Es la hora de comer y las encantadoras azafatas turcas nos ponen una merluza con espinacas que habría hecho llorar a la sirenita y a Eva, que ha comido merluza los dos días anteriores. Pero la ensalada y los postres son estupendos.

Sobrevolamos Italia preguntándonos si lograremos ver el Vesubio, y de repente aparece bajo nosotros, con su cráter negro e inmenso. Tremendo.

Llegamos a Estambul, nuestra escala en nuestro vuelo a Bangkok, que nos recibe con los vientos del apocalipsis y un cielo más negro que las uñas de Tarzán. El aterrizaje lo sentimos como un triunfo, porque el tiempo no puede estar más antipático. Nos quedan casi 6 horas para el siguiente vuelo a Bangkok, tiempo suficiente para que desaparezcan esas nubes tan feas, pensamos. En el aeropuerto de Istambul se fuma donde se come y los precios de la bebidas te hacen creer que estás en Oslo, así que nos ponemos en huelga, como los de Aldeasa. Por las ventanas el cielo cada vez da más miedo… pero hay tiempo de que se disipe la tormenta…Después de hacer el vídeo más gracioso de la historia (y que se perderá en la noche de los tiempos, aunque eso vendrá después), vamos a la sala de embarque. Hay gente muy diversa, desde marujillas españolas, hasta absurdas girl scouts suizas (les faltaba un reloj de cuco colgado del sobaco, vaya) haciendo calentamientos extraños para evitar el síndrome de la clase turista. Más que girl scouts parecen mongolas.

Por fin entramos al mega avión. Nos entregan con un kit con calcetines antideslizantes, antifaz, tapones, cepillo y pasta de dientes, peine y calzador. Estamos tan contentos con nuestro kit entre las manos que ni nos imaginamos lo que nos espera.

Y aquí comienza uno de los peores momentos de nuestras vidas (ayuda a la narración si imagináis música de misterio cada vez que pongo una frase corta. Gracias). Todo empieza con el mal tiempo del que nos habíamos apercibido en el aeropuerto de Istambul. Unas nubes que se transforman en lo más impresionante y acojonante que he visto en mi vida. Estalla una megatormenta eléctrica justo debajo del avión. Parece que estamos sobrevolando los ovnis de “Encuentros en la tercera fase”. Eva no se puede creer lo que ve detrás de la ventanilla e intenta convencerse y convencernos a todos de que son las luces de las alas del avión reflejadas en las nubes, juas. El avión pega unos botes que no son de recibo. Nacho se incrusta en el asiento y pone la mirada perdida.

Empezamos a ver fogonazos a nuestro alrededor para descubrir que no es la luz del ala, sino relámpagos que iluminan todo el cielo de forma continua. La mascletá celestial es preciosa y aterradora al mismo tiempo. Las pantallas muestran el pedazo de giro que está haciendo el avión para “escapar” de la ira de los arcángeles. Y es que la ruta, que suele aparecer en línea recta, se ha convertido en una interrogación, sí, justo la que va detrás de ¿sobreviviremos?. Los bandazos continúan. No son turbulencias, es una miga de galleta en un baticao. Eva empieza a llorar y a descojonarse de miedo. Se le oye en todo el avión y cada vez que hay un “bache” ella da un grito y después suelta una risilla nerviosa que es el despolle.

La pantallita con la ruta nos tiene desconcertados y asustados. Tenemos que ir al sur y estamos por la mitad del mar Negro (norte), y aquello parece extremadamente alarmante. Tras más de dos horas de terror absoluto en las que hemos repasado mentalmente lo que no queremos que encuentren nuestros padres en casa y que se van a encontrar sin remedio cuando nos devuelvan humeantes en una cajita de zapatos, dejamos atrás la tormenta. Cuando Nacho está prácticamente cristalizado, cesan las turbulencias. A las dos de la madrugada, las azafatas salen de sus casitas de azafatas y nos dan la cena y el zumo de naranja más delicioso de mundo. Echamos de menos el espectáculo de Disney sobre hielo, que esperamos ver empezar de un momento a otro, dada la temperatura del aire acondicionado, pero da igual, que ya hemos tenido suficiente función y sólo queremos satisfacer las necesidades primarias de comer y dormir, tras revisar nuestra súper consola particular en la que hay 8 millones de juegos, pelis y cds de música.

Hacemos un tetris anatómico (que no forense, aunque casi) para estar más cómodas y conseguimos dormir a intervalos de publicación trimestral despertando de vez en cuando para ver que estábamos sobrevolando Afganistán, Iran, Irak, India, Birmania… Al rato no despiertan para darnos el desayuno de berenjena más delicioso a ese lado de las nubes poco antes de empezar a descender.Tailandia nos aguarda verde como una lechuga y caliente como un mandril, pero ninguno imaginamos hasta que punto. Son las 2 de la tarde cuando plantamos nuestros pies en Bangkok.

Capítulo 2

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